Otros mundos

Karla Barajas

 

A Patricia Nasello.

 

El bólido cae en un desierto, se parte y de él brota el agua que forma un océano. Al lado del meteorito de condrita de estatita, la chica observa el nacimiento de la vida en ese planeta que no es suyo ni es la tierra. No hay guerra. Se pregunta si en este lugar también surgirá una Almacenadora de océanos, como ella, con la capacidad de proteger las aguas o un Moisés que las doblegue con su mano y haga al mar retroceder y dividirse.

La chica canta a las corrientes marinas y le responden con el golpeteo de sus olas. Escucha atenta y descubre que en este lugar el elemento es autónomo y salvaje, no le obedece y si continúa intentando dominarlo, la arrastrará hacia su reciente zona crepuscular y la asfixiará como si fuera una amenaza. En Venus, el agua se mezcla con los gases y en Mercurio, permanece en forma de hielo al interior de los cráteres. Aquí, destruye a quien se le acerca.

La Almacenadora de océanos se retira tranquila, porque su gente depositó sus esperanzas en un buen lugar. Intuye que en este terreno las aguas de su planeta no se contaminarán ni permitirán que haya una guerra. Quizás sea el único planeta en el sistema, con expectativa de vida.

 



Duelo

Karla Barajas*

 

 

El sol sigue en el mismo lugar izquierdo, también el piso, las flores rosas, el perro y los carros; todo su entorno es similar a los días en que el virus enfermó a su familia, pero sus abuelos ya no portan el cubrebocas, ni su madre vomita sangre a chorros mientras se agarra el estómago. Nuevamente, hay personas que la toman de la mano o le aprietan la mejilla.

Día con día, regresan a la normalidad los colores pastel, excepto cuando todo se bate de rojo, hasta su cara. “Es sangre”, dice Marla a la maestra y acusa a los dinosaurios de devorar la mano de los humanos y de provocar que la hoja de papel se torne roja cuando piensa en su difunta madre.


No tan perdidos

 

Los niños de la posguerra recogen tablas destrozadas de lo que un día fueron casas, a los huérfanos de las familias rotas y se dan a la tarea de formar sobre los escombros de la humanidad y para los huérfanos un hogar para habitarlo. 


Loreley

 

Le desespera la punzada en la mano, el ardor mientras la carne se abre. Loreley suda, se angustia por saber que no sacó completamente la púa, que el escalofrío seguirá recorriéndole el brazo cada día. Tiene varias cicatrices en forma de ramificaciones en su palma y el dorso. Maldice la fecha en que sostuvo las flores en sus brazos, mientras su abuelo trabajaba y sin querer una astilla le atravesó la mano. El pobre anciano se desmayó al verla sangrar. Ella pensó que su abuelo fue perdiendo la memoria por el golpe y, además, desde entonces siente que dentro de le crece el tronco de un rosal y que será éste el que le quitará la vida.

El padecimiento se incrementa con el sereno de la madrugada, tiempo en que sale a cortar rosas. Debe regresar antes de la salida del sol, porque más tarde venderá sus productos en la florería. Se coloca los audífonos y escucha canciones de Vicentico a todo volumen. Trota para no sentir desconfianza. Se sube la capucha de la sudadera, mete las manos entre la ropa y su piel, aprecia el movimiento de su abdomen y así se relaja. Cuando llega a su terreno corta rosas lo más rápido que puede, sin ver más allá, en donde todo es oscuridad. No teme ser violada o asaltada, le perturba la idea de encontrar lo místico y carente de forma, pero que quienes trabajan en el campo y en los montes han escuchado o sentido y saben que si le prestas atención se apodera de tu cuerpo. Ella ha resistido por años. Regresa a su casa antes de que amanezca y sus dos hijos se levanten.

El dolor se extiende entre los huesos, parece que le romperá la piel y de su mano saldrán espinas, ella no grita para no despertar a Diego y Darío. La mano efectivamente le sangra, pero se equivoca al pensar que lo que hay adentra la matará y se da cuenta cuando le brota el tallo de un rosal y de las falanges, rosas. Sigue viva.


 


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