Por el camino Amarillo. Karla Barajas.

¿Y todo para qué? 

Karla Barajas 

 

 Me enteré que mi novio tuvo varios accidentes en el trabajo, perdió las piernas y otras partes del cuerpo que remplazó con prótesis de acero recubiertas con estaño. Luego fueron los brazos, las vísceras y a pesar de que sabía que el dolor físico desaparecía cuando se operaba, aguantó el padecimiento dentro de su pecho hasta que le quedó solamente un trozo de la aorta. Aún con eso se negó a trasplantarse un corazón porque pensaba que sin él no podría amarme.   

Tomé mis trastes de hojalata y los fundí para cocinarle uno, bañado con mi sangre para que no me olvidará. Anémica, ojerosa, y demacrada se lo entregué, pero me olvidó cuando lo tuvo entre sus manos y se lo colocó en medio del pecho. “No siento nada por ti”, me dijo, y se fue de vago con sus amigos y con una tal Dorothy Gale.  


 


SABOTAJE 
Karla Barajas
 La ansiedad me provoca ver a los cercanos como monos voladores, esbirros que te hacen la vida de cuadritos porque alguien se lo pidió o les habló mal de ti, alguna bruja quizás. Trataba de convencerme de que eran personas, ni buenas, ni malas, seres chismosos, individuos con algún desorden de personalidad, pero gente real. «Tonta, no existen los monos voladores, siempre andas de paranoica», me repetía frente al espejo, como un mantra, tratando de no verme las alas y la cola mientras me insultaba.

ANTOLOGÍA DE MINIFICCIONES 20212 Brevilla, revista digital de minificción. Santiago de Chile, junio de 2021. © BREVESTIARIO, antología digital de la Revista Brevilla. Título de la antología: Diego Muñoz Valenzuela. © De los textos/ilustraciones, sus autores/as. © Dibujo de portada: Sergio Astorga. Editora y compiladora: Lilian Elphick Latorre. Colaboradores: Sergio Astorga, Camilo Montecinos y Lluís Talavera.
 https://revistabrevilla.blogspot.com/2021/06/antologia-de-minificciones-brevestiario.html?fbclid=IwAR2578w3jNpNuIF2fUylfIK8CKmAaGgJlbcKbtOr7Aeo2oe73LTIJigm1Cw


 

 

Por el camino amarillo

·        Minificciones para no perderse

Karla Barajas

 

Sabotaje

 

La ansiedad me provoca ver a las personas como monos voladores, esbirros que te hacen la vida de cuadritos porque alguien se lo pidió o les habló mal de ti, alguna bruja quizás. Trataba de convencerme de que eran personas, ni buenas, ni malas, personas chismosas, personas con algún desorden de personalidad, pero gente real. “Tonta, no existen los monos voladores, siempre andas de paranoica” me repetía frente al espejo, como un mantra, tratando de no verme las alas y la cola mientras me insultaba.

 

 

SUPERSTICIONES

Karla Barajas

 

Me rompí una rodilla, al resbalar con mis zapatillas de rubí, en el Mago de Oz. Cuando interpreté Cenicienta, las zapatillas de cristal se quebraron y lastimaron mis pies. Culpan de mi descenso artístico al calzado de utilería, pero fue la envidia de quienes gritaban:

—¡Rómpete una pierna!


 

CORAZONES OXIDADOS

Karla Barajas

 

La rodeará por la cadera, situará su pelvis sobre el hombro, descenderán en el suelo de la cabaña. Disfrutarán del reflejo metálico de la cuchilla de bronce clavada sobre la mesa y contemplarán los pectorales húmedos del leñador. Entonces sus lenguas reptarán en la piel ajena. Las velas de vainilla, el jazmín, las gotas de belladona, el masaje con aceites, el lecho en medio del círculo de sal, dará resultados. Él empezará a olvidar a su novia. Seguirán besos negros en una habitación donde, como un aquelarre, las sombras danzarán a su alrededor y un hacha será encantada para que una racha de accidentes le acontezca al hombre, a quien semanas después le pondrán prótesis en las piernas y en la cadera.

            Entre más pierda movimiento, se queje del dolor y de rigidez articular, la bruja aumentará las medidas de fisioterapia, el aceite en sus articulaciones y también su deseo por él. La mujer descubrirá que el rígido y oxidado leñador también perdió el deseo. Lo encontrará lamentándose en el camino; “¡Úngeme con tu aceite!”, rogará el leñador a la bruja, quien partirá lejos de él con sus encantos y un frasco de aceite en sus manos.


 

¿Y TODO PARA QUÉ? 

Karla Barajas 

 

 Me enteré que mi novio tuvo varios accidentes en el trabajo, perdió las piernas y otras partes del cuerpo que remplazó con prótesis de acero recubiertas con estaño. Luego fueron los brazos, las vísceras y a pesar de que sabía que el dolor físico desaparecía cuando se operara, aguantó el padecimiento dentro de su pecho hasta que le quedó solamente un trozo de la aorta. Aún con eso, se negó a trasplantarse un corazón, porque pensaba que sin él no podría amarme.   

Tomé mis trastes de hojalata y los fundí para cocinarle uno, bañado con mi sangre para que no me olvidará. Anémica, ojerosa, y demacrada se lo entregué, pero me olvidó cuando lo tuvo entre sus manos y se lo colocó en medio del pecho. “No siento nada por ti”, me dijo, y se fue de vago con sus amigos y con una tal Dorothy Gale.  


 

 

 

Está en su lugar feliz

Karla Barajas

 

I

 

 

—¿En qué lugar te sientes feliz? —pregunta la estudiante de psicología y el niño le susurra al oído.

—Ah… entonces, visita la tierra de Oz cuando nuestros padres peleen. Sigue el camino amarillo, no hay modo de que te pierdas.

En la tierra de Oz, el niño sintió tanta paz que disoció la realidad, se alejó de la tierra de abusos. Su hermana no reveló su paradero. Él vivió en la fantasía para siempre.

 

II

 

Hice amistad con: una huérfana, un hombre sin corazón, una bestia temerosa y un descerebrado.

Tengo lo que a ellos les falta, una familia que me quiere demasiado, tanto que me cuestionan: “¿A quién amas más, a mamá o papá?, porque a tu madre no le importas, solamente quiere trabajar”. Ella responde: “Tu papá es un psicópata narcisista, es violento, egoísta, ponte de su lado y verás cómo te tratará”.

Quisiera tener el corazón oxidado, cerebro para saber qué contestar sin que por ello me griten o peguen, ser fuerte, porque me orino cada vez que gruñen, o me chupo las manos y entonces dejan de pelear entre ellos y dicen lo mal que me porto. Me siento igual que los habitantes de esta tierra: perdido, un espantapájaros, una bestia temerosa. Por eso, sé que pertenezco a Oz y la niña huérfana, se parece a mi hermana, me guía.

Cada vez escucho menos los gritos de la casa, ya casi no me duele el pecho o el estómago a causa del exceso de amor, cerebro y corazón.

 

III

¡No percibo los gritos!, hay silencio, lo único que me preocupa es que el rostro de mi guía se borra y no sé cómo voy a regresar sin su apoyo.

 

IV

 

¿Toto?, ¡háblame! gritaron en la casa de al lado.

—¡Fue tu culpa!

—No, la tuya.

 Luego, con los años, escuché llanto, el sonido de la televisión, las quejas de la madre, el juego de futbol del padre. El: “Regresa, hermano, sigue el camino amarillo para llegar a casa”. Y, poco a poco el silencio de Toto se extendió, hasta que solamente oigo a una mujer que se lamenta: “¿Hijito, por qué si naciste bien, ahora ni me hablas?”.


 

Se reparan chisteras

 

—¿En serio, alguien paga tanto por reparar una chistera?

—Es cosa de vida o muerte. A una maga se le descompuso el sombrero en plena función de circo y de él empezaron a saltar conejos blancos, uno gris y por último uno negro. Confundieron a la maga con payasa.  La afectada fue en busca de alguien que le reparara el sombrero de copa, ¡cobraba barato!, y sí que dejaron de salir conejitos, pero solamente del sombrero, porque emergieron de la garganta de un desgraciado hombre que no soporto vomitarlos y se tiró de un departamento ubicado en la calle Suichapa, en Buenos Aires. ¿Así que me vas a pagar o no para que repare la fuga de conejos de tu sombrero? No sea que por tu mezquindad fallezca alguien.


 

 

El complejo de Oz

 

En la primera clase magistral impartida por el gran mago de Oz, los alumnos aprenden a convencer al mundo que poseen el don de la magia; gracias al tiempo y estudios meticulosos en ilusionismo, cartomagia, numismagia, mentalismo… lo obtienen. Eso sí, bajo severos castigos y la llamada pedagogía del terror, que los vuelven seres autocríticos.

A pesar de sacar conejos de la chistera, por las noches, los invade el fenómeno del impostor y se vuelven incapaces de interiorizar sus logros, temen que serán señalados como un fraude por quienes acuden al circo, mientras levitan tanto que pueden tocar el techo de su habitación.

 

 

 


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