Escondites
Karla
Barajas
—¿Por
qué colocas así a las muñecas?, se venderían más rápido si están al frente —comentó una
extranjera a una de las niñas, porque eran varias acomodadas detrás de
un muñeco de trapo.
—El muñeco se
parece a papá —responde la nena, observando a un señor de bigote poblado
que la vigila. “Ojalá, también, pudiera ocultarme para no ser cambiada por
costales de maíz como lo fueron mis hermanas”, pensó la pequeña.
De
altares
Karla Barajas
Al Arnulfo le gustaba el olor de su casa y de su
mujer. La combustión completa contenida en el fogón, las cenizas volando e
impregnándose en las paredes y aspirar cada madrugada,
antes de ir a trabajar, el
olor a tortillas sobre el comal de barro y al café hirviendo en la olla. El
humito que emanaba, se le quedaba en su ropa, le recordaba a la Marush, su
esposa, la mejor cocinera, la más sumisa y religiosa del pueblo, quien además
le aguantó los golpes y sus infidelidades.
Atraído
por ese aroma a sumisión y a humo, volvió a su casa, como cada año, y encontró
a la Marush sirviéndole a otro hombre. Le entregó frijoles con tortillas hechas
a mano. Además, le dio a beber café de olla y del elixir de su cuerpo. Ahí
trepada sobre él, ella era la más ardiente, con él solamente fue ceniza. Le
dieron ganas de matarlos, no pudo. Cuando el individuo se fue del jacal, ella
dejó las sobras de su comida en la mesa, donde estaba la ofrenda por el Día de Muertos
y en el centro el retrato, con la cara enojada, del Arnulfo, su difunto esposo.
Y todo
por no tener un perro
Karla
Barajas
Levanté mi sombra,
caminé a donde creí que estaba el Xibalbá, no tenía un xoloitzcuintle que me
acompañara y ayudara a cruzar el río, así que seguí a mi intuición. Llegué a un
mundo telúrico donde no había casas de tormento; de hecho, cuando pregunté
hacia dónde estaba el inframundo, las mujeres que me daban instrucciones en
lenguas incomprensibles, también me proporcionaron agua para continuar mi
camino.
Luego de tocar en muchas de esas casas empecé
a entender lo que expresaban: “Toma niño” y me daban comidas, dulces. Me
decían: “¡Qué original atuendo maya!, tú sí que te apegas a nuestras
tradiciones, no como esos demonios, payasos, vampiros y hasta Chukys”. Mi ofrenda era superior a la de todos esos
seres en busca del Xibalbá, que, por su físico, enojaban a las ancianas, pero
también les rendían culto. Luego de andar en miles de casas encontré a un
perrito con cara de murciélago. Lo llevé conmigo y fue él quien me transportó
no a donde yo quería si no a un amargo renacer.
Registro
vocal
Karla
Barajas
Mi tía admiró toda
su vida a Sarah Brightman y en el velorio de su esposo comenzó a sollozar y
luego a cantar. Su voz era más aguda,
mucho que las que conforman el registro vocal humano, su presencia ya era tema
de controversia en la funeraria, pero su voz estridente lastimaba nuestros
tímpanos.
—¡Cállate por el amor de Dios! —ordenó el sacerdote. Y la
tía, aunque buena pero vengativa, elevó los decibeles de su voz espectral y
dejó sordo a nuestro pueblo.
El
golpe más doloroso
Karla
Barajas
Una adivina lo
predijo hace una década: “Cuando tu hijo crezca acabará con tu hígado”. A los
padres siempre nos advierten, pero él no escuchó porque estaba confiado en que
su Jalil era obediente, seguía su ejemplo. Así que cuando el gancho al hígado,
que le propició el joven boxeador, lo tiró al suelo se sintió, además de adolorido,
orgulloso, porque su hijo lo había superado en el ring. Se fue a beber como era
su costumbre y ahí falleció por una congestión alcohólica. La noticia fue el
golpe más doloroso que Jalil recibiría en su vida.
Sacrificios
por amor
Karla
Barajas
La noche de su boda
descubrió el cuerpo de su amada. La vio desplazarse por la cama como los
reptiles, disfrutó meter las manos bajo la falda de serpientes, lo deslumbró el
movimiento de caderas de la reptante esposa.
Entendió la fascinación de su pareja por la historia y su obsesión con
la Coatlicue y esa misma noche perdió la cabeza por ella, le entregó el corazón
a la descendiente de la Diosa de la Tierra, aunque esta fuera un reptil en la
intimidad.
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