Textos de navidad
Karla
Barajas
Cena
para dos
Esperó con ansias la
Nochebuena, la víspera de Navidad. Colocó luces y velas, el nacimiento, un
árbol, la cena para dos. El único que no la olvida la visitará: Dios.
Publicidad engañosa
El anuncio con la leyenda:
“¡Chocolate y galletas de jengibre por 30 pesos!” fue efectivo.
Al entrar a la cafetería se
observaban hombres de jengibre recostados sobre una mesa larga, olían a canela
y al tocarlos se sentía la textura crocante de sus piernas. Las diez mesas se
llenaron y había gente parada en espera de su taza de chocolate caliente para
enterrar los dientes sobre las galletas gigantes. Cuando los meseros sirvieron
las primeras bebidas, los niños se arrojaron sobre los hombres en la mesa, estos
corrieron y gritaron por las mordidas diminutas.
-¡No, no, no, los hombres son de
adorno no se los coman! –gritó un mesero. Pero los niños furiosos exigieron que
les cumplieran lo publicitado, y corrieron tras los hombres que escaparon a la
calle, desmoronándose, dejando caer migajas de galleta, y mostrando su relleno
humano.
Arte ventrílocuo
—¿Qué te duele? —pregunta el médico al recién casado de la
cama 315.
El joven abre la boca, pero se escucha
la voz de su madre:
—Tengo dolor en mis riñones —explica la
mujer que interpreta los síntomas de su vástago —tengo la boca seca y creo que
algo de fiebre. Exagera, pone palabras en su boca. El enfermo no sufre tanto
por la ruptura de vesícula, sino por ser una marioneta.
Mitómano
Te vi recargarte en las paredes al salir de las cantinas y arrastrar los pies para llegar a casa. Insultaste a tu pareja y vomitaste dormido en tu cama. Suplicabas perdón y prometías ser distinto, pero en cambio vi crecer tus mentiras, irte de juerga con tus amigotes y beber litros y litros de cerveza. Debo decirte que aunque ahora seas un hombre de carne y hueso, sigues siendo igual de mentiroso que cuando eras de madera. Yo, tu hada madrina, ya no te creo.
Publicado en la Revista Plesiosaurio N. 12. Año XIII, n.° 12, vol. 1.
Lima, diciembre de 2020.
Con olor a maíz
La niña hace tamalitos,
los mete en la paila para ser cocidos, le apartan los suyos y, se los come. Su
infancia transcurre feliz hasta que la primita de ciudad presume una muñeca
otomí, regalo de su tío Francisco. Cuando la muñeca queda en una silla, mientras
Rosita se va al panteón con su mamá, María se acerca sigilosa con las manos
llenas de masa. No la toca. Regresa a hacer tamales de bola; toma la hoja de
totomoste, la dobla e imagina que es un vestido de una muñeca. Construye un
cuerpo con hojas remojadas y el hilo de mamá. Tiene una muñeca con olor a
tamal. María tiene una infancia más feliz, desde ese día realiza deliciosas
muñecas de hoja de tamal.
Radical
Hermosa, elegante, de moda. Cabello rojo, ojos grandes. Vamos
en busca de chicos o de compras, me invitaba con voz chillona. ¿Qué niña no deseaba tenerla en su casa? Crecí,
me pareció consumista. Seguía teniendo el cabello liso, el cuerpo perfecto, era
una pena no utilizarla, se la regalé a mi hija. La tomó y tocó su cabeza
mientras la boca se le iluminó de rojo y una voz gruesa la invitaba a buscar
chicos. A mi heredera no le pareció graciosa la voz que con el tiempo se volvió
recia, la aventó. La pelirroja enmudeció por el trancazo. A pesar de que no
decía lo que yo deseaba, la prefería con voz y pila.
Cruel
—Es gorda. Qué horribles trenzas. Vete, váyanse las dos –me
corre una compañera, en la escuela.
A mi muñeca María las niñas la destrenzan,
le arrancan listones, le dicen fea, porque no tiene la nariz respingada ni el
cuerpo delgado. Aunque es una muñeca, María y yo nos parecemos y siento que
también me insultan. Nos alejamos rotas.
Calidez
“Era tan pobre que sólo tenía cientos de muñecas de
colección en una mansión en la que habitaba ella, el ama de llaves y una niñera
por las tardes. A veces veía a sus padres, muy de lejos”, dicen mis papás en
voz alta, no sé con qué intención, si yo nada más les pedí el carro eléctrico
de la Bárbara.
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