No estudio por saber más, sino por ignorar menos

Karla Barajas

 

No fue la época en la que nací, quizás fue la gente con la que me relacioné y quienes veían los libros como un estorbo en casa, no como un peligro. Mi suegro decía: “Hay que tirar esos libros para que el mueble de la sala luzca” y yo corrí a esconderlos confinándolos a un closet donde enmohecieron y finalmente tuve que tirar mis ejemplares de: Loa al Santísimo Sacramento, Al que ingrato me deja busco amante, Envía una rosa  a la virreina, Feliciano me adora y lo aborrezco, La gran comedia “La segunda Celestina”.

Quisiera tener el valor de Sor Juana, pero al final caí en la trampa de conservar una familia y respetar las necedades de mis consanguíneos para evitar problemas; seres iletrados e insensibles que, en mi búsqueda de conocimiento a través de la lectura, subían el volumen de la televisión para ver futbol por lo que, cediendo el pensamiento independiente y el derecho a pensar y expresarme, perdí oportunidades de estudiar en talleres de escritura y diplomados. Quisiera tener la fuerza y sabiduría de Sor Juana, que ya en 1691 defendía al pensamiento independiente de las mujeres, aunque también tuvo medidas represivas por parte de las autoridades eclesiásticas.  La obligaron a vender sus libros y objetos y a renegar, en público y por escrito, de su sabiduría. En 1965 contrajo la peste que la llevaría a su muerte temprana, pero dejó una obra invaluable y un ejemplo que intento seguir mientras leyendo y escribiendo arrancó la ignorancia de mi enmohecido corazón.


 

La mujer del Siglo XVII

 

“Cada siglo se crean modelos de cómo ser una mujer, en el Siglo XVII las mujeres se casaban o entraban al convento.  Sin embargo, había niñas dotadas que aún en ese oscurantismo buscaban la salida al laberinto. Sor Juana, por ejemplo, seguía a la hermana mayor para que la amiga le enseñara a leer y lo logró antes de los tres años. No comía queso, se cortaba el cabello si no aprendía lo suficientemente rápido. Ella se casó con las letras y entró al convento. Es decir, triunfó sobre el modelo establecido por las mayorías”, dice la maestra a las niñas de su comunidad, de las cuales una se pregunta cómo logrará un nuevo modelo en este Siglo XXI, donde el año que viene la van a casar con un señor de 30 años.


 

Infusa

 

“De tal modo, que llegaron

a venerar como infuso

lo que fue adquirido lauro”

Sor Juana Inés de la Cruz.

 

Revelé a mis familiares, amigos y conocidos que duermo tres horas para leer y escribir en silencio, que sufro migrañas, cansancio crónico por ello, que mi meta no es otra que dedicarme a la literatura y a formar a mis hijos. Cuando he obtenido un premio, que es algo que la gente en mi entorno comprende, me felicitan y desean que mi suerte se prolongué.

Recuerdo a Sor Juana Inés de la Cruz, quien una y otra vez escribió lo que le costó su legado. Caminó cuatro horas para poder estudiar. Vivió en claustro. Fue severamente castigada. Lograr una prolífica, se debió a sus esfuerzos y exigencia progresiva y cuando decían que su genio era un don o gracia otorgada por Dios, que nada le costaba ella les recordaba a través de su escritura: “De tal modo, que llegaron a venerar como infuso lo que fue adquirido lauro”. Y aunque los siglos han pasado su calidad literaria se le sigue acuñado a la divinidad y no a su esfuerzo.

Por ello no me enojo cuando me dicen que buena suerte, ojalá, continúe y simplemente les contesto: esperemos que sí, que mi suerte se prolongue y me pongo a estudiar.

 

 

 

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