Karla Barajas
El
ciclo
Cada
semana, la curandera entra al mar para limpiarse el dolor de la gente que curó.
A través del agua y oración consigue arrancar la tristeza y se va con las olas.
La mujer que hace limpias podrá ayudar a sanar personas, mientras el mar
procesa el mal, se arremolina, protesta y se desquita con los vacacionistas,
deposita en ellos los desechos anímicos y los regresa flotando hasta la orilla
donde nacerá la tristeza.
Las hilanderas
“Madre
de la verdad, incluso, cuando no tenías ocho ojos eras capaz de ver y denunciar
las vejaciones de los dioses a las mujeres. Los humanos rendían culto a los
transfigurados violadores como Júpiter, o secuestradores como Plutón”, decimos
tus creyentes al unísono, antes de segregar un hilo tenue y comenzar el ritual.
Las hilanderas del mundo lograremos replicar con finas sedas tu
obra, que, en realidad pocas personas logran ver. La humanidad tiene telarañas
en los ojos que les nublan el juicio y te tachan de orgullosa y engreída.
“Pronto caminarás con ocho patas sobre la tierra y extinguirás a
los mortales que calumniaron tu nombre”, amenazan las más aguerridas de
nosotras. Pero la mayoría de las hilanderas viven escondidas en lugares como:
los bordes de los muebles, bajo las camas, en casas abandonadas, mientras
descienden de cabeza, antes de que una escoba acabe con su telaraña o una
chancla aplaste el ritual y se retrase tu llegada, Aracne.
De
viaje
Karla
Barajas
(México)
“Abuelo, no podemos llevar chorizo; nos
darán alimentos deshidratados. Si llevas tu caja de cartón llena de comida, no
la dejarán pasar; son estrictos”, advirtió
el niño y tenía razón. Por más que lloró, la caja con comida se quedó en
la tierra, en los brazos del anciano, mientras la nave espacial ascendía a un
planeta habitable.
Karla Barajas. Publicó
Neurosis de los bichos (Colección
Minitauro, La Tinta del Silencio, 2017), Esta
es mi naturaleza (Editorial Surdavoz, 2018), Cuentos desde la Ceiba
(Colección Bocanada, La Tinta del Silencio, 2019).
Karla Barajas
Mensajero
Despertó en el quirófano, se enteró de la infidelidad del anestesiólogo
y cómo su esposa le rompió el parabrisas cuando lo vio con la otra mujer en su
vida. Pensó que soñaba. Escuchó además de las risas de las enfermeras y
doctores, el sonido de atriles porta suero dirigiéndose hacia donde él estaba
inmóvil, infinidad de quejas y lamentos de voces que cerca de su oído decían: “Levántate,
te van a robar tu hígado”, “Corre”, “Huye”, “Dile a mi familia que morí en este
quirófano”.
Despertó para cerrar los ojos y
unirse a las otras voces en espera de un nuevo mensajero.
El escape
El silencio se abrió
paso entre sollozos, claramente se escucharon golpes dentro del ataúd de
madera. La familia se asomó con la esperanza de ver a la niña viva, pero
permanecía recostada con la muñeca entre los brazos.
“Está
viva”, gritó la madre quien se abalanzó sobre la pequeña. Se la llevaron a la
fuerza, la observaron atentos porque también ellos escucharon los golpes. La
regresaron a la caja y más de uno afirmó que la muñeca cambió de posición
dentro del féretro. Al final cerraron el ataúd, dejaron olvidada a la muñeca en
el suelo y oraron con devoción, con los ojos cerrados y las manos al cielo, por
eso nadie notó que detrás de ellos una muñeca escapaba de ser enterrada.
Los motivos
La niña ponía sábanas
oscuras sobre la colección, su mamá empecinada en lucir muñecas pálidas de
porcelana quitaba las telas. Valeria escondía a las muñecas bajo la cama y su
mamá las colocaba en las repisas. Valeria las tiraba a la basura y su madre las
devolvía a su lugar. La pobre niña pensó en acudir al padre de la parroquia,
para decirle que las muñecas estaban vivas, pero su madre se le adelantó. La
mujer confesó que era ella quien, sin decir a la pequeña, devolvía las cosas a
su sitio. Lo que nunca dijo es que hacía todo eso porque las muñecas se lo ordenaban.
*
—Mi hija enfermó, no
buscaré al hombre lobo —responde a los vecinos armados con machetes.
Cierra la puerta angustiado, su
niña salta sobre las tejas de las casas y aúlla.
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