Cae la tarde
El psiquiatra dijo que tuve un episodio psicótico y no creyó que mi padrastro era un monstruo. De nada me sirvió la evidencia, porque cuando mi vecina me envió la foto que su cámara captó y un último mensaje de texto al WhatsApp, él me había devorado. Seguía ella.
Visión quimérica
Compraron la vacuna a una empresa fantasma. Ahora, los inoculados con ella flotan rumbo al valle de la muerte.
Diálogos con la naturaleza
—Regalé la muñeca a la
niña pájara que reposa sobre el árbol cerca de la ventana.
—¿Un pájaro?
—No, tiene carita de
niña, brazos, panza, alas.
—De pájaro.
—No papi, de pájara. Le
regalé una blusa y un moño. Le enseñé a hablar, ella quiere que vuele a su
lado, pero todavía no tengo alas.
—¡No te vayas porque tu
mamá y yo te extrañaremos! Además, no tienes que inventar animales, o
engañarnos, se te perdió la muñeca nueva y ya…
En el árbol del patio,
junto a un nido enorme, estaba la prueba de que la niña decía la verdad. Y no
volvieron a ver su hija.
Artificial
El Sheriff Woodrow se
levanta luego de ser emboscado por soldados pecho a tierra. Ante la mirada
atónita de los niños, el también conocido Sheriff, se acomoda el sombrero café
y sonríe. Los niños escapan de la habitación para informar que su juguete nuevo
cobró vida. “¿Cómo en la película?”, ríe la madre brevemente, porque al ver al
juguete caminando hacia ella, con la gracia de un humano y llamándola por su
nombre, llora y corre con los niños al patio.
Si hubieran leído en la
caja: “Woody cuenta con IA (Inteligencia artificial), es una avanzada
plataforma informática con personalidad con la que podrás interactuar y jugar
por horas”. Pero en esa familia nadie lee manuales, ni las letras pequeñas en
las cajas de juguetes.
Tensiones
Al principio de la
cuarentena por la pandemia del COVID-19, mi compañero, solamente estaba arriba
de mis piernas, acariciándome con su cara y cuerpo. No sé si sería el encierro,
pero causó estragos en su comportamiento, se volvió posesivo y agresivo. Una tarde
me rasguñó causándome una herida profunda porque no le di sus croquetas para
gato.” ¡Esclava aliméntame que es el Apocalipsis!”, dijo.
¡Habla!
Nombre: Karla
Barajas
Redes sociales:
Facebook Karla Gabriela Barajas Ramos
Inédito
País: México
Vecinas incómodas
por Karla Barajas
La vecina del piso de abajo es bruja, no le caemos bien, así que en cada oportunidad coloca
cosas de santería afuera de nuestra puerta. A media noche arrastra una silla, golpea su es-
palda con hierbas, prende incienso, realiza oraciones en voz alta, mientras danza frenética.
Es el mismo ritual ridículo e inofensivo que utiliza desde hace un año. «Quiere ahuyen-
tarnos. No lo logrará», pensamos, hasta que las cosas se tornaron agresivas. Apariciones,
muñecos vudú colocados en su patio y una gallina muerta en el tanque de agua que conta-
minó nuestra comida. Tuvimos que internarnos por salmonela. No le caemos bien desde
que descubrió nuestros amuletos. Y para rematar, nuestros rituales son implacables, nunca
fallan. En menos de una semana, la neófita moriría a causa de su propia maldición.
Fantastique. Octubre de 2019.
Fantastique Octubre-2019 Final1.pdf - Google Drive
Las muñecas de José
José jugaba en la tina de baño a
cortarse las venas de las muñecas.
—¡No te cortes las
venas por las muñecas, córtate a través de todo el brazo, así morirás rápido y
le harás un favor al mundo! —le
recomendó alguna vez su mejor enemigo.
José juega a cortarse
las muñecas imaginando que su dedo es un bisturí con el que atraviesa su vida y
que su padre le pide perdón por las veces que lo golpeó por no ser como los
otros chicos rudos de su edad que aconsejan el suicidio.
A veces dicen la verdad
Cada Navidad los gemelos descubrían algo como que: los adultos
regularmente eran mentirosos porque Santa Claus no existía y su papá era infiel
con una de sus parientes. Normalmente mentían, pero no en todo. El día que se
asomaron para ver los regalos bajo el árbol y descubrieron al ser de pezuñas
hendidas, arrastrando cadenas, supieron que la leyenda de Krampus, que tanto repetía
su padre, era verdadera. Tarde, ya estaban dentro del costal.
Adultocentrismo
—¿Por qué nuestro padre es el mentiroso y
nosotros somos los castigados? — reclamaban los niños en el infierno.
—Son pequeños para entender —carcajeaba Krampus.
Cacería
navideña
Karla
Barajas
Amelia prometió que
esa navidad sus hijos cenarían carne. Para su mala suerte no encontró ni un
solo perro o gato en la calle, solamente a un indigente con una botella de
alcohol entre las piernas y un pollo entero en el suelo. Su olor era exquisito.
Pensó que robarlo sería fácil. Lo tomó e
intentó correr con él, pero el tipo la mordió en la espalda. Amelia soltó a su
hurto, se quedó viéndolo con ira, tomó la botella e intentó quebrársela en la
cabeza. También creyó que el hombre se quedaría quieto esperando a que ella lo
hiriera y no fue así, con la misma botella le cortó el brazo y para colmo lo
mordió. Con ferocidad vieron en sus rostros al monstruo que cada uno llevaba
dentro. Ella se dio cuenta del error, pensaba robarse a un cadáver activo y
quizás sus hijos enfermarían al comerlo. Amelia siguió su camino en busca de
cumplir una promesa.
Publicado en el especial de Rigor Mortis.
Karma
La muñeca que escapó
del Museo Warren devoró galletas y el alma de muchos humanos que encontró a su
paso, incrementando su potestad y cuerpo; todavía se jactó: “Al final de
cuentas no existen consecuencias por mis pecados”. Se equivocó, gracias a la gula y a ese
voluminoso aumento de caderas y panza, lograron atraparla cuando quedó atorada
en una ventana.
El espíritu del rebaño
El espíritu del
lobo guía a los chicos exploradores, el problema es que lo hace a donde la
feroz manada aguarda hambrienta.
Transformación
Desde que me pusieron los cuernos, mi temperamento se ha vuelto colérico, un tanto diabólico. Para calmarme suelo torturar a los infieles que tengo secuestrados en el cuarto de arriba. No puedo imaginar qué les haré cuando me pongan la cola, los colmillos y las alas.
El
secreto de Melusina
Se preguntaron por
qué los sábados Melusina se movía cómo serpiente cuando bailaba la danza del
vientre baladi رقص بلدي, elemental, sin desplazamientos y con movimientos
principalmente de pelvis, pero ella cautivaba y atraía lo mismo a hombres que a
esas víboras que, en secreto, la envidiaban. La espiaron mientras se bañaba,
descubriendo que era mitad humana, mitad serpiente. Tampoco fue aceptada entre
las lenguas bífidas.
Sacrificios por tradición
La noche de bodas
descubrió el cuerpo de su amada. La vio desplazarse por la cama como los
reptiles, disfrutó meter las manos bajo la falda de serpientes, lo deslumbró el
movimiento de caderas de la reptante esposa. Entendió la fascinación de su
amada por la historia y su obsesión con la Coatlicue y esa misma noche perdió
la cabeza por ella, le entregó el corazón a la descendiente de la Diosa de la
Tierra.
Gatos endemoniados
Le advirtieron que debían castrar al gato para que no lo
atropellara un tráiler en la carretera por buscar hembras, no lo hizo y Church
falleció. Por más postes de piedras con las señales talladas por las tribus
micmac y otros hitos que los pueblos algonquinos dejaron para marcar el límite
del territorio en que habitan los wendigo, el necio hombre blanco enterró a
Church en el “sementerio” donde los muertos caminan al día siguiente de su
sepulcro. Cuando el gatito del inframundo regresó
apestoso, desgraciado y agresivo, el infame individuo le arrancó otra de sus
vidas, sin sospechar que Church había dejado una estirpe de gatos diabólicos para
vengarlo.
Los ojos del gato
Desde que vi Los ojos del gato, película de
Stephen King, desarrollé un respeto a los felinos y un temor a los duendes.
Imaginaba a uno apretando mi nariz y aspirando mi espíritu y a mi gato gris
atigrado salvándome. Cuando mi hermana me dijo que su teoría era que el gato se
comió al duende no para proteger a la niña, lo hizo para robar su alma,
abandoné a mi gato y lo adoptó la vecina.
“Idiota”, me
expresó el gato, cuando el duende de la habitación comenzó a acosarme.
Miradas de amor
Yakún me mira a los ojos sin desviar la mirada, se
acurruca en mi pecho y ronronea. Mientras estuve enferma me trajo regalos como:
ratones insectos y serpientes. Mi gato es tan independiente que cuando olvidaba
darle de comer, él buscaba su comida y la mía. Por eso le perdono que se
devorara parte de mi cuerpo en descomposición, mientras ve a mis ojos de
ectoplasma.
Viejos amores
La vecina ha muerto a sus 74 años, Yakún retornó a mi
habitación, durmió sobre mi pecho, ronroneó. “Mi Yakún me perdonó por abandonarlo”,
pensé justo antes de que depositara el alma de la anciana en mi cuerpo y
succionara la mía.
Justicia*
Envenené
a un gato en Ulthar, desobedecí la ley de mi pueblo. Por eso me persiguen los
herederos de Menes, sospecho que esos niños son brujos y sus gatos me comerán.
Los escucho revolcarse en mi tejado, veo sus manitas entre la puerta y el piso
intentando abrir la madera. Escucho su respiración agitada detrás de la puerta
y también debajo de las tablas. Se pararon frente a la casa y me vigilan con
ojos que por las noches parecen de color neón. Son como felinos capturando a un
ratón, jugando con la presa.
Este
día amaneció nublado, la niebla oscura que entra a casa se materializa en gatos
y en los niños de ojos gatunos y colmillos afilados. Tengo perros que me
protegen de los gatos, no de los niños con ojos de color neón. Abrieron la
puerta… ¡Me comerán!
Publicado
en el especial Cuentos a la Carta, de la Revista Rigor Mortis. 2019.
Supersticiones
Karla Barajas
Me
rompí una rodilla, al resbalar con mis zapatillas de rubí, en el Mago de Oz.
Cuando interpreté Cenicienta, las zapatillas de cristal se quebraron y
lastimaron mis pies. Culpan de mi descenso artístico al calzado de utilería,
pero fue la envidia de quienes gritaban:
—¡Rómpete una pierna!
Patrones
Karla
Barajas
Al
amanecer, cuando observé el cuerpo de aquel golpeador sobre mi cama, me prometí
ir a terapia. Estoy harta de explicar a mis hijos por qué mis parejas me pegan
y yo tengo que defenderme. Vivo avergonzada de que mis relaciones terminen
igual, además de involucrarlos pidiéndoles una y otra vez: “Iré a terapia
psicológica, será la última vez que pasemos por esto, pero, al anochecer,
ayúdenme a ocultar el cadáver”.
VV.AA (2021) Mínimas
Máximas. Muestra Antológica de Mircocuentos REM. Pía Barros, Sandra
Bianchi, Lorena Díaz Meza, Dina Grijalva y María Elena Lorenzín (REM).
El infierno de Salomé
Condenada a repetir sus pecados, Salomé encuentra una cabeza sobre
una charola. Lamenta cómo, de ser
bailarina de Dioses, ahora danza para ebrios, en ese lugar de mala muerte;
donde debe elegir a un hombre para pedir su decapitación y, luego, bailar hasta
morir.
Independencia
Dijo que se cambiaría el nombre a Pájaro Gorrión Negro. Le pedí que cerrará el pico y mi pequeña comensal abrió las alas y voló fuera de mi casa. ¡Te juro que respetaré tus decisiones, le grité, pero resultó ser un cuervo que me sacó los ojos antes de emprender el vuelo.
El llamado
Karla Barajas
—¡Mamá, sácanos! —gritaba la niña de cinco años, aferrada al pecho de Beatriz.
—Tenemos frío —lloraba el niño de ocho.
—¡El mar los llama! —respondía la madre.
La gente que no podía escuchar la voz del mar de Veracruz, aseguraba que Beatriz intentaba ahogar a sus hijos.
Cerca del río
Karla Barajas
Me da hartísima tristeza escucharla, porque perdió a sus chamacos y nunca dejará de buscarlos, de llorar por ellos, de vocearlos y bramar cada noche cerca del río. A cada rato se rompe en llanto, se desquita con cualquiera. No me da miedo, me da tristeza su desgarrador grito: “¡Ay mis hijos!”.
Sublimación
Karla Barajas
—¡Mamá, el gato de la vecina me espanta! Se parece al Pennywisse —le advertí.
—Ay no, el Pennycat, no seas mala. Te da miedo nomás porque está refeo y tiene la mirada torcida —me respondió carcajeándose.
Y el gato parecía saberse impune, me dijo al pasar: “Los gatos flotan, flotan y tú también vas a flotar, Karen”, mientras abandonaba mi cuerpo sólido y me elevaba hacia el limbo.
Asepsia
Lavaba con ácido el baño. Trapeaba con cloro la casa, limpiaba las superficies con desinfectante. Al principio temía tanto a los ácaros, los gérmenes y las bacterias que soportaba estoicamente la irritación en las vías respiratorias, la inflamación en la garganta y la dificultad para respirar que le provocaban los líquidos de limpieza.
Le decían que tenía el síndrome del ama de casa, pero el enfermero no está casado, ni ama limpiar su hogar, sin embargo, descubrió que el olor a cloro alejaba el hedor a enfermo y a muertos que sentía en el hospital y que por alguna razón comenzó a oler en su casa. A veces el olor era tan fuerte que hasta los fantasmas que lo seguían, se alejaban de su vivienda.
Escritores Itinerantes: Karla Barajas — Cuatro Minificciones.es
https://11328.home.blog/2020/02/15/escritoras-itinerantes-karla-barajas-cuatro-mini-ficciones/
Asepsia. Karla Barajas. Ecos del Lóbrego Abisal. 30 de julio 2021.
El sueño de una madre absorbente
Luego de gritar, correr e intentar hallar una salida, que por cierto
nunca encontramos porque cada puerta a la que entrabamos nos llevaba a otra
sala de cine, nos sentamos a ver películas y a comer palomitas, descubrimos que
la cartelera se renueva periódicamente.
Las
palomitas, chocolates, cafés tampoco se nos acababan. Del clima no me quejo, siempre con aire
acondicionado; de la iluminación es deficiente, parpadea en los pasillos.
Mi hijo tiene la teoría de que estamos atrapados
en la habitación trasera de un cine. Por mi parte pienso lo siguiente: ¡genial
estoy en un cine permanencia involuntaria con mis hijitos para la eternidad!,
veo estrenos sin pagar películas y aquí, a fuerzas, me prestan atención.
No
puedo dormir
Karla
Barajas*
Encontré los dibujos del espeluznante Hombre de arena en el cuarto de Nathanael, he soñado que me arroja un puño de arena y mis ojos sangran, que me mete en un saco y me lleva a la luna donde me esperan sus hijos listos para punzar con sus picos encorvados, así como estaba dibujado y escrito con horrenda caligrafía en suelo del closet.
Despierto y siento esa molestia al ver, esa pesadez en los párpados y ese dolor, como si mis ojos tuvieran granos de arena incomodando en mi carnosidad, me pongo las gotas humectantes en las pupilas y después de un rato puedo ver con más claridad y ubicar bien dónde se encuentra el ser que me persigue con un saco desde hace noches.
23:59
Karla Barajas
Debía matar al viejo, sin importar que lo hubieran
torturado, le arrancaran las alas, obtener su fluido y no ver su rostro. Me vi
reflejada en él, la criatura tenía mis facciones. Debí obedecer, porque al
tocarme la cara ya no estaban: mi nariz, mis cejas o mi boca gruesa. Él tiene
mi rostro secuestrado junto con el de otras almas, con las que chocamos en este
bosque.
¿Quieres jugar con nosotras?
Karla Barajas*
A Stephen King
I
Danny deseaba compañía, hasta que encontró a las gemelas quienes lo invitaron a jugar a la muerte.
II
El manejo del triciclo contribuye al desarrollo psicomotor. Está contraindicado si el menor expresa que en sus recorridos ve espectros.
Féretro abierto
Karla Barajas
Las tarotistas de todo el mundo notaron que la carta
de la muerte había cambiado, ahora tenía la imagen de un féretro abierto y a
los esqueletos saliendo de la tumba. Las tarotistas, también se transformaron:
ahora se les podía ver los huesos descarnados y sus vísceras.
De amores apocalípticos
Karla Barajas
Pensamos que con la evolución de la humanidad
desaparecería el amor romántico, pero al ver la mirada de Zía y sus labios
suaves succionando con tal fuerza el pecho de Angus, quien solamente podía
gemir, nos dimos cuenta que la chica con colmillos le rompería el corazón y lo
transformaría en un monstruo como ella, como todos nosotros.
Karla Barajas
Tuve un gallo
negro que me seguía por la casa de mi abuelita y me preocupaba que se perdiera cuando
nos mudáramos a una propia. Un día, al regresar de la escuela lo busqué y me
dijeron que fue entregado al dueño de la tierra para que nos dejara vivir ahí. Le llenaron el pico y el buche con trago, le
cortaron el cuello y lo sepultaron cuando movía sus patas. Lo sacrificaron para
que viviéramos en esa casa.
Mi madre me mostró el lugar donde estaba mi
difunto, yo le dejaba flores sobre la tierra, hasta el día en que pusieron piso
de barro y el padre del pueblo realizó la bendición de la casa. Pedimos a Dios:
aprobación y cuidado para vivir en ella. No entendía a cuántas entidades
teníamos que ofrecer sacrificios a cambio de habitar un lugar, porque al
sacerdote le realizamos una donación con comida que a nosotras nos faltaba.
Prometí no pagar tributos, jamás.
Muchos años
pasaron y el derecho a piso, en esta ocasión, lo pedían unos pandilleros,
quienes exigieron dinero a cambio de que nadie asaltara a mis clientes. Me
negué. “Pagas tu cuota o te damos un tiro”, me advirtieron.
Escucho a mi
gallo cantar y a veces lo veo, decapitado, huyendo. Quienes fuimos sacrificados
o no pagamos el derecho de piso… habitamos en el mismo limbo.
Apego materno
Karla Barajas
Sus hijas
dejaban huellas de tierra por la casa, justo después de que ella trapeaba, le
jalaban los pies a las tres de la madrugada, le brincaban en las costillas
hasta sofocarla y ella pensaba que no eran sus angelitos, que eran demonios. A
pesar de eso, deseaba sentirlas.
Los médicos
confundían su cansancio con enfermedades, llegaron a pensar que tenía cáncer
por la cantidad de moretones en la espalda. Los médicos no explicaban las
fracturas en sus huesos, además de otros síntomas que, por días, le impedían
levantarse.
La gente decía
que Claudia era una floja e hipocondríaca, pero eso a ella no le importaba,
amaba a sus muertas, aunque le robaban la vida.
Nuestro amor no
murió
Karla Barajas
―Pascual, si
ese hombre te quisiera habría dejado a la esposa desde hace tiempo y se hubiera
quedado contigo ―decían mis amistades.
Yo creo en el
amor y en la paciencia. Ahora resido en la propiedad del que un día fue mi
amante. He visto a su decencia nacer y crecer; los he observado con ropa y
desnudos; sanos o enfermos; en días que se ponen eufóricos de alegría y en días
de tristeza, como éste, en que el amor de mi vida yace en estado crítico, a
punto de la muerte, ¡a punto de que nos reunamos! La espera valió la pena.
Obedece a mamá
Karla Barajas
En las
vacaciones trabajé limpiando una casa. Mientras aseaba, platicaba con el nieto
citadino de la dueña, al que su mamá le advirtió que cuando visitaran a su
abuelita llevara un collar de piedras como protección contra chaneques, enanos
con cara de niño y pies hacia atrás, porque en Chiapas es donde habitan los más
agresivos y les gusta arrojar piedras, mover hamacas, pero también robarse a
los niños.
Él obedecía,
pero le molestaba el golpeteó del collar contra su clavícula al correr, así que
lo dejó en una mesita mientras jugaba con unos chamaquitos. Recordó la
advertencia de su mamá y caminó por ese pasillo largo de la casa, el peor
ventilado e iluminado, con el salitre desprendiéndose en bolitas blancas que se
acumulaban en el suelo, había un camino de huellas pequeñas, como de niños. Escuchamos
risas y sus piedras de protección esotérica no estaban en el mueble.
―¡Devuélvanme mis
cosas! ―gritó el niño y los chaneques le devolvieron el collar, pero a él se lo
llevaron. Eso les he repetido a sus papás y no me creyeron, dicen que ellos no
tienen niños y ni saben qué es un chaneque.
Su celebración
No tenía permiso de asistir u organizar fiestas, así que mi última
voluntad la dejé escrita en una hoja que coloqué en mi pecho. Quería que los
festejos por mi muerte se realizarán como los hacen en Gandha África.
Encargué la música a Sandra Chandomí, quien
rumbo al cementerio puso esa canción de Paté de Fuá, donde hay un cirujano
operando y su paciente se muere. Luego los bailarines que pagué, previo a mi
defunción, bailotearon "Astronomía" de Vicente y Tony Igi. ¡Debí
contratar strippers antes!, fueron los únicos que quisieron bailar en esa
trascendental fecha, el problema es que tiraron mi ataúd y rodé por el piso del
panteón, mis familiares se pusieron serios y dijeron: "Qué última voluntad
ni que la…", corrieron a mi DJ, es decir a Sandra, a mis strippers,
desafinados cantaron "Las golondrinas" y otras tonadillas tristes que
ahuyentaron a mis invitados.
Por fin tenía la atención de mis compañeras de preparatoria, a las que
no les caía bien porque tenía prohibido salir con ellas en las tardes, acudir a
sus fiestas, realizar tareas en sus casas. Las corrieron, dejaron solamente a
sus amigos. Los muertos no lloramos, pero sentimos vacío y yo sentí uno enorme
porque no me dejaron vivir, ni trascender al purgatorio, porque las suicidas no
van al cielo, decían.
-Estuvo genial tu funeral -me consolaron otras almas que habitan el
panteón. Me alejé con ellas tarareando la canción de Astronomía.
Por Osado
Karla Barajas y Yurena González Herrera
Dejé sobre la mesa café, flores y una nota para mi escritor fantasma. Veremos qué palabras de mi manuscrito modificó y qué observaciones dejó en la pizarra, como es su costumbre. ¡Qué mi texto carece de unidad de impresión!, me ha señalado. Además, ha reescrito mi trabajo por completo y lo redujo a la mitad de páginas. Conjuntamente, me apuntó una cita de Edgar Allan Poe: “la brevedad debe hallarse en razón directa de la intensidad del efecto buscado”. Qué osado, como siga destrozando mi obra, el próximo Día de muertos, solamente le ofrendaré agua y una vela sobre el escritorio.
Espectrofilia
Karla
Barajas
En Marina no es
frecuente el gozo, ni los juegos de seducción, pero en ese momento susurra la
palabra amor y sus variantes, recita cantos en glíglico, mientras arquea la
espalda y sus piernas se abren. Marina se acaricia de arriba abajo, largo,
lento. Eso es lo que él descubre al llegar del trabajo y la observa. “Pensé que
me engañaba, que nunca me amaría”, cavila el inseguro, no se equivoca, porque
ella me tiene en sus pensamientos y bajo esas sábanas.
Marina
tiene las mejillas rojas, le escurren gotas de sudor por el cuello hasta la
clavícula. El recorrido por sus labios y clítoris aumenta de intensidad. El
éxtasis es alcanzado con sus yemas húmedas en las profundidades de sus paredes,
su marido se mete en la cama. Ella no lo invitó. Él rompe la intimidad.
Se
complace al escuchar su respiración agitada, los gemidos, mientras palpa la
humedad entre las piernas. Ni imagina que en el lecho matrimonial estamos:
ella, él y yo, ese antiguo pretendiente fallecido, al que Marina, todavía ama
con pasión.
Por
un beso
Karla
Barajas
Jacinto siguió
tocando para esa mujer. Dejó la guitarra, sus armas sobre el pantalón tieso y
la camisa de manga larga en la orilla. Se metió al agua, le acarició el cabello
enmarañado y la espalda de piel lisa. La tocó con miedo, la abrazó y sintió una
punzada en la entrepierna. Las canillas le temblaban. Ella olía a moho, al agua de río y eso le
provocó una erección. Él eyaculó cuando la vio salir del elemento. A contra luz
de la luna distinguió su cuerpo entero, y notó que sus pies estaban para
atrás.
“Ay,
mi Tishanila no te desaparezcas, quisiera correr como el resto de los
campesinos, pero desde chamaco te vi desnuda en el río y te he deseado. Pa’ mí
no sos espanto, vos sos como la sirena de mi río, que en cuanto la descubro se
hace espuma ante mis ojos” dijo al espíritu.
Para
sorpresa de su esposa y de los argüenderos del pueblo, el Jacinto no murió y
además regresó al río, cada noche, en donde conjuntamente de las apariciones se
empezaron a escuchar los gemidos de la Tishanila.
Karla
Gabriela Barajas Ramos (Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, México, 1982). Minificciones
suyas forman parte de diversas antologías como VV.AA
(2020) Mosaico.
Sobre discapacidad. Coordinadores Adriana Rodríguez
y Homero Carvalho, Parafernalia
Ediciones Digitales, VV.AA (2020) Campanadas. Microrrelatos
navideños. Selección: Rony Vásquez Guevara y Lorena Escudero. Quarks
Ediciones Digitales; VV.AA (2020) Ficción
Atómica. Selección prólogo Juan Carlos Gallegos. Editorial Palíndroma.
Publicó Valentina y su amigo pegacuandopuedes y La noche de los muertitos malvivientes (Editorial Imaginoteca,
2016), así como Neurosis de los bichos
(Colección Minitauro, La Tinta del Silencio, 2017), Esta es mi naturaleza (Editorial Surdavoz, 2018), Cuentos desde la
Ceiba (Colección Bocanada, La Tinta del Silencio, 2019).
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