El embajador no oficial de Vancuver
Sus antepasados fueron vista y oído de líderes y de Cazadores de demonios.
No arrancaron los ojos a Maléfica ni el único que le quedaba a Odín. Sirvieron en batalla sin que los reconocieran
aliados, al contrario, sufrieron injurias. Canuk, decidió reivindicar a su
especie por las malas, atacó a ciclistas y a carteros, robó objetos brillantes,
incluso intentó llevarse un cuchillo, que era evidencia de la escena de un
crimen.
Con sus agresiones, el cuervo con el ego herido, hurtó el corazón de una nación que ahora lo nombra representante y que encuentra ternura en sus ojos.
Tensiones
Al principio de la
cuarentena por la pandemia del COVID-19, mi compañero, solamente estaba arriba
de mis piernas, acariciándome con su cara y cuerpo. No sé si sería el encierro,
pero causó estragos en su comportamiento, se volvió posesivo y agresivo. Una
tarde me rasguñó causándome una herida profunda porque no le di sus croquetas
para gato.” ¡Esclava aliméntame que es el Apocalipsis!”, dijo.
¡Habla!
Los ojos del gato
Desde que vi Los ojos del gato, película de Stephen King, desarrollé
un respeto a los felinos y un temor a los duendes. Imaginaba a uno apretando mi
nariz y aspirando mi espíritu y a mi gato gris atigrado salvándome. Cuando mi
hermana me dijo que su teoría era que el gato se comió al duende no para
proteger a la niña, lo hizo para robar su alma, abandoné a mi gato y lo adoptó
la vecina.
“Idiota”, me expresó el gato, cuando el duende de la habitación comenzó
a acosarme.
*
Yakún me mira a los ojos sin desviar la mirada, se acurruca en mi pecho
y ronronea. Mientras estuve enferma me trajo regalos como: ratones insectos y
serpientes. Mi gato es tan independiente que cuando olvidaba darle de comer, él
buscaba su comida y la mía. Por eso le perdono que se devorara parte de mi
cuerpo en descomposición, mientras ve a mis ojos de ectoplasma.
*
La vecina ha muerto a sus 74 años, Yakún retornó a mi habitación, durmió
sobre mi pecho, ronroneó. “Mi Yakún me perdonó”, pensé justo antes de que
depositara el alma de la anciana en mi cuerpo y succionara la mía.
El engaño
Karla Barajas
Tenía entre otros problemas
celar a Jesús. La desquiciaba que
estuviera con otras personas. Cuando éste llegaba del trabajo lo olía para
saber en dónde había estado, lo acariciaba como a un gato, dándole un masaje
lento sobre su abdomen y brazos, besándolo. Pero esta vez era diferente, no le
importó el labial sobre la camisa, ni el perfume con olor a melón impregnado en
el cuello, lo que la hizo sacar las garras y tasajear a Jesús fueron los pelos
blancos de otra gata en la tela.
Justicia
Karla Barajas
Envenené a un gato en Ulthar,
desobedecí la ley de mi pueblo. Por eso me persiguen los herederos de Menes,
sospecho que esos niños son brujos y sus gatos me comerán. Los escucho
revolcarse en mi tejado, veo sus manitas entre la puerta y el piso intentando abrir
la madera. Escucho su respiración agitada detrás de la puerta y también debajo
de las tablas. Se pararon frente a la casa y me vigilan con ojos que por las
noches parecen de color neón. Son como gatos capturando a un ratón, jugando con
la presa.
Este día amaneció nublado, la
niebla oscura que entra a casa se materializa en gatos y en los niños de ojos
gatunos y colmillos afilados. Tengo perros que me protegen de los gatos, no de
los niños con ojos de color neón. Abrieron la puerta… ¡Me comerán!
Y todo
por no tener un perro
Karla
Barajas
Levanté mi sombra,
caminé a donde creí que estaba el Xibalbá, no tenía un xoloitzcuintle que me
acompañara y ayudara a cruzar el río, así que seguí a mi intuición. Llegué a un
mundo telúrico donde no había casas de tormento; de hecho, cuando pregunté
hacia dónde estaba el inframundo, las mujeres me daban instrucciones en lenguas
incomprensibles, también me proporcionaron agua para continuar mi camino.
Luego
de tocar en muchas de esas casas empecé a entender lo que expresaban: “Toma
niño” y me daban comidas, dulces. Me decían: “¡Qué original atuendo maya!, tú
sí que te apegas a nuestras tradiciones, no como esos demonios, payasos,
vampiros y hasta Chukys”. Mi ofrenda era
superior a la de todos esos seres en busca del Xibalbá, que, por su físico,
enojaban a las ancianas, pero también les rendían culto. Luego de andar en
miles de casas encontré a un perrito con cara y orejas de murciélago. Lo llevé
conmigo y fue él quien me llevó no a donde yo quería si no a un amargo renacer.
Adiestramiento
Karla Barajas
Como los humanos, fui alimentado y educado
para el trabajo. En cuanto aprendí mi oficio comencé a ejercerlo con don
Panchito afuera del restaurante Nueva York, adivinando el futuro de las
personas a través de cartas astrales. Era bueno mostrando si a un individuo le
iba bien o mal en el amor, el estudio o el trabajo. Si alguien le tenía envidia
se lo revelaban mis cartas.
Don Eustaquio,
el dueño del Nueva York, cada día pagaba por su lectura antes de abrir su
negocio y además me regala un trozo de pan. Un día, don Panchito resbaló y
se quedó tirado afuera del restaurante. “No adivinaste el futuro a tu
pajarero”, me dijo don Eustaquio al verlo y abrió la puerta de mi jaula. Me
quedé viéndolo inmóvil porque tenía el corazón y las alas quebradas.
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