Karla Barajas
Cobijados por la tierra
Karla Barajas
Me gusta tu cresta nasal, la forma de tus agujeros mentonianos. Me encanta
deslizar mis falanges en tu hueso iliaco, que nuestras costillas se entrelacen
y mi esternón se alinee con el tuyo.
Antes, para mí, el amor
entre parejas del mismo sexo era tabú, pero liberado de la carne, las vísceras,
los prejuicios solamente me queda el deseo y el sonido afrodisíaco de nuestros
huesos al crear música uno sobre el otro.
CORAZONES OXIDADOS
Karla Barajas
La rodeará por la cadera, situará su
pelvis sobre el hombro, descenderán al suelo de la cabaña. Disfrutarán del
reflejo metálico de la cuchilla de bronce clavada sobre la mesa y allí contemplarán
los pectorales húmedos del leñador. Entonces sus lenguas reptarán en la piel
ajena. Las velas de vainilla, el jazmín, las gotas de belladona, el masaje con
aceites, el lecho en medio del círculo de sal, dará resultados. Él empezará a
olvidar a su novia. Seguirán besos negros en una habitación donde, como un
aquelarre, las sombras danzarán a su alrededor y un hacha será encantada para
que una racha de accidentes le acontezca al hombre, a quien semanas después le
pondrán prótesis en las piernas y en la cadera.
Entre más pierda movimiento, se queje
del dolor y de rigidez articular, la bruja aumentará las medidas de
fisioterapia, el aceite en sus articulaciones y también su deseo por él. La
mujer descubrirá que el rígido y oxidado leñador también perdió el deseo. Lo
encontrará lamentándose en el camino; “¡Úngeme con tu aceite!”, rogará a la
bruja, quien partirá lejos de él con sus encantos y un frasco de aceite en sus
manos.
Cuerpo a cuerpo
Karla Barajas
Él sentía que un hombre estaba
sobre su esposa, ella gozaba la adrenalina de luchar cuerpo a cuerpo en el
suelo, de adelantar el lanzamiento y derribar al oponente. Él veía posiciones
del kamasutra; ella, un arte marcial.
—¿Para qué te servirá el jiu-jitsu? Solamente quieres
que te manosee un macho. ¡Te enseño a defenderte! —dijo
él y la tomó por los hombros zangoloteándola, como tantas veces.
Donde él vio
a una mujer débil; ella distinguió la oportunidad de poner en práctica lo
aprendido, llevando a su oponente al suelo, luxándolo, sometiéndolo. Ser fuerte
y poderosa eso sí que la excitaba.
Detrás de las
cortinas
Confieso que me enamoré de
Fernando y no puedo evitar verlo con pasión. Anoche, a través de las cortinas,
vi cómo acariciaba el rostro de Ángela, trazaba imágenes en sus mejillas,
mientras ella lo besaba. Su nueva pareja es una seductora, pasó las manos varoniles
por sus costillas y hundió su escuálido rostro en su abdomen y luego entre sus
piernas.
¿Para qué sigue inclinada,
seduciéndolo con esas perfectas caderas combas, si le acaba de romper el
corazón? Está mañana Fernando mordió el piercing que Ángela tiene en el ombligo
y ella comenzó a reír, pero le repitió que no sería su novia. Qué envidia me
dan. A mí nadie me enseñó el placer sin culpa, lo aprendí con el tiempo y la
práctica voyerista.
Espectrofilia
Karla
Barajas
En Marina no es
frecuente el gozo, ni los juegos de seducción, pero en ese momento susurra la
palabra amor y sus variantes, recita cantos en glíglico, mientras arquea la
espalda y sus piernas se abren. Marina se acaricia de arriba abajo, largo,
lento. Eso es lo que él descubre al llegar del trabajo y la observa. “Pensé que
me engañaba, que nunca me amaría”, cavila el inseguro, no se equivoca, porque
ella me tiene en sus pensamientos y bajo esas sábanas.
Marina
tiene las mejillas rojas, le escurren gotas de sudor por el cuello hasta la
clavícula. El recorrido por sus labios y clítoris aumenta de intensidad. El
éxtasis es alcanzado con sus yemas húmedas en las profundidades de sus paredes,
su marido se mete en la cama. Ella no lo invitó. Él rompe la intimidad.
Se
complace al escuchar su respiración agitada, los gemidos, mientras palpa la
humedad entre las piernas. Ni imagina que en el lecho matrimonial estamos:
ella, él y yo, ese antiguo pretendiente fallecido, al que Marina, todavía ama
con pasión.
Lujuria
espiritual
Karla
Barajas
“Lucy Westenra
está agitada”, “¡Sufre!”, “Miren cómo gime”, “Se toca frenética, debe dolerle
el vientre y esos músculos”, “Se succiona los brazos”, “Se muerde o recorre las
muñecas”, “Puso en blanco los ojos”, “Ahora grita”, señalan sus tres
pretendientes, sin entender que su amor, su deseo, su pasión y su sangre,
pertenecen a Drácula.
Por
un beso
Karla
Barajas
Jacinto siguió
tocando para esa mujer. Dejó la guitarra, sus armas sobre el pantalón tieso y
la camisa de manga larga en la orilla. Se metió al agua, le acarició el cabello
enmarañado y la espalda de piel lisa. La tocó con miedo, la abrazó y sintió una
punzada en la entrepierna. Las canillas le temblaban. Ella olía a moho, al agua de río y eso le
provocó una erección. Él eyaculó cuando la vio salir del elemento. A contra luz
de la luna distinguió su cuerpo entero y notó que sus pies estaban para
atrás.
“Ay,
mi Tishanila no te desaparezcas, quisiera correr cómo el resto de los
campesinos, pero desde chamaco te vi desnuda en el río y te he deseado. Pa’ mí
no sos espanto, vos sos como la sirena de mi río, que en cuanto la descubro se
hace espuma ante mis ojos” dijo al espíritu.
Para
sorpresa de su esposa y de los argüenderos del pueblo, el Jacinto no murió y
además regresó al río, cada noche, en donde conjuntamente de las apariciones se
empezaron a escuchar los gemidos de la Tishanila.
Juegos
de seducción
Karla
Barajas
El
hombre destacaba por su inteligencia, su razonamiento deductivo y su habilidad
para resolver casos. Usó lo anterior para capturar a una peligrosa dominatrix. Dejó
pistas para Irene Adler por varios centros culturales y librerías de países
europeos.
“La Mujer” era hábil, entendía cada
guiño y sabía perfectamente dónde encontrar nuevos rastros. Pero cuando el
excéntrico detective dejó una tarjeta con la dirección: 221B Baker Street,
entre los libros de la librería de Pieter Miejer Warnars, supo que se trataba
de un impostor. Sherlock jamás la citaría en su casa, porque a ambos le gustaba
demostrar su superioridad intelectual en público y la adrenalina de cazar a una
seductora y fría pareja.

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