El cansancio incomprendido de ver demasiado

Karla Barajas

 

Espero a que rebanen tres mojarras, veo burbujas saliendo de un balde y en el fondo los ojos de un condenado a muerte: un cangrejo. Prisionero que forma ondas con el agua que saca de su boca y al que las vendedoras dejaron un manjar como última comida. Me recuerda a los hombres fumando en las esquinas de la cárcel, el peligro los acecha, pero se quedan con la mirada vacía sacando humaredas. Pregunto por el costo de su vida y me responden que vale seis pesos. Realizo el rescate del crustáceo y me llevo las mojarras.

En la cocina dejo al cangrejo en un traste con agua. Frío a las mojarras y el resto de cocineros hace frijoles con arroz para la comida.

Me dan la noticia de que el cangrejo murió. “Ha visto demasiado y el cansancio de ver demasiado es incomprendido”, me dice Pía. Afuera un hombre come pescado por última vez y, a pesar de que el resto consume frijoles con arroz, nadie intenta robárselo.

“¿Para qué le preparaste pescado al preso si de todas maneras lo matarán en menos de una semana?”, me dicen, y la respuesta es sencilla: Porque su vida no vale seis pesos, no me alcanza el dinero para salvarlo.

 

Volverás

 

Lo quiso tanto que lo llevó cada domingo a Chiapa de Corzo y juntos bebían pozol de cacao bajo La Pila, para que él regresara a Chiapas, sabía que algún día se iría y que quienes beben del elixir vuelven por más.

La amó tanto que cuando regresó a Estados Unidos para trabajar, ahorrar y con el dinero construirle una casa, le hablaba por teléfono y le preguntaba: “¿Mamá tomaste pozol a mediodía?”

 

Golpes de la vida

 

Cuando no los revuelca el río, sus caparazones permanecen intactos hasta llegar a las manos de los recolectores. Viajan a los mercados, donde viven en baldes de agua hasta que los compran. Por último, si su concha sobrevivió a los trancazos de la vida, les cortan la cola con un cuchillo o machete para… La sabiduría del río bañó a tus shutis, por eso tienen el caparazón negro, como las piedras y tienen el caparazón intacto. Los caracoles de río no se dejan presionar por la velocidad de la corriente, son lentos, pegan sus ventosas a las piedras y no se mueven. Se merecen comer bien, ve al mercado a traer hierba santa, chile, semillita de calabaza, epazote y tomate para tus shutis.

Ella alimentó a mis caracoles de río con hojas de hierba santa durante una semana, a pesar de nuestra escasa comida. Me imaginé el festín que se iban a dar esos babosos con el tomate y el epazote. Hasta que encontré las puntitas de las conchas de caracol en el suelo de la cocina y un caldo de mascotas en la mesa.

 

 

 

Las comidas

 

Él preparaba el cochito y yo hacía el pozol de cacao. Yo preparaba bolitas de chipilín y él chanfaina. Nuestra relación de reciprocidad culinaria, con los años nos dejó un negocio fructífero y una familia de integrantes gorditos.

 

 

 

 

2.- LOS RITUALES

Nada más vine a despedirme

 

Hermanita, me voy a sentar en tu cama un ratito, vengo a darte la razón en muchas cosas. Debí haber salido del pueblo y viajar por el mundo, porque ahora nomás camino del panteón a la escuela, luego al trabajo, al mercado, a la iglesia, a la feria de San Cayetano.

             Recojo mis pasos uno a uno, deteniéndome a cada movimiento corto. Contemplo los lugares por los que anduve en vida. Entonces me arrepiento de no escuchar cuando me decías: “Al morir recogemos nuestros pasos por los lugares donde anduvimos”. 

 

Ciclo de sanación

La curandera se mete al mar para limpiarse los procesos de dolor de la gente que ha curado, a través del agua y oración consigue arrancar la tristeza y el dolor que se van con las olas. La mujer que hace limpias podrá ayudar a sanar personas, mientras el mar procesa el mal, se arremolina, protesta y se desquita con los vacacionistas. De vez en cuando deposita en ellos los desechos anímicos y los regresa flotando.

 

 

 

 

Matemáticas

 

La curandera tzotzil dibuja traza meticulosamente una cruz, cuida que cada línea mida lo mismo, sobre ella traza un círculo y finaliza diciendo: cero.

-Ah, ¿es un cero? -pregunta una de las turistas.

Sí, es un cero. ¿Usted para qué cree que se creó el cero?

Para saber lo que es la vida, le responde. Mostrando que en cada cuarto hay un cuerpo, el físico, la mente, el color y la sombra.

Cada día que vivimos es un día menos, no un día más.

Nadie alcanza a procesar su medida del tiempo, ni cómo los seres humanos tienen tantos cuerpos, ni cómo se agota la vida.

 

El tiempo

 

Experimento de amor

 

Teníamos la misma edad, 16 años, pero yo corría hacia el futuro y él vivía en el aletargado presente. Así que cuando volvimos a encontrarnos, él estaba arrugado de la piel. La física cuántica cambió nuestro cuerpo, pero no muestro amor.

 

Epifanía en la clase de simbolismo y cosmovisión tzotzil

 

Luego de explicarnos que existen personas que no tienen sombra, porque están a punto de morir. Doña Sofía Díaz Hernández, nuestra maestra, dibuja un círculo en el pizarrón.  Nos revela que el cero simboliza la unidad de nuestros cuerpos, cada persona posee cuatro cuerpos: el de carne, la mente, los colores y la sombra. Termina de trazar la figura geométrica en el sentido de las manecillas de un reloj y dice: “El cero”.

Una compañera ríe. A la maestra no le parece gracioso. “¿Para qué cree que se inventó el cero?”, le pregunta, y sin darle turno, ella misma responde: “Para que sepamos cuánto tiempo de vida nos queda, porque cada día que pasa es uno menos que vivimos”.

 La alumna se queda callada con la cabeza hacia el suelo. Nota, con tristeza, que bajo sus pies no hay sombra y el número que se le ha rebelado es el cero.



TEXTOS

KARLA BARAJAS. 

https://opiniondeyucatan.com/2021/03/26/textos-karla-barajas/

 

Ataúlfo

Me gusta el mango ataúlfo, el olor que se propaga por la casa, sentarme a arrancar la cáscara amarga con los dientes, disfrutar la pulpa dulce. El abuelo nos trae mangos. Él no es cariñoso, es amargo en sus comentarios; pero hay una temporada en que corta los mejores mangos, los guarda en rejas de madera, las sube en su camioneta, viaja kilómetros para entregarnos sus mejores frutos. De cáscara amarga y centro dulce, así es su corazón.

 

Xilófono

Efraín Paniagua toca la marimba para Fernanda y su bebé gatea. Con el xilófono interpreta La Pantera Rosa, con los pies suena las castañuelas y su hija corre. Toca los bongos y Fernanda compone una canción al ratón de los dientes y la interpreta frente a varios niños. Ahora que la llevan a los ensayos, la familia de Fernanda: Efraín y Katya se toman de las manos, se ven a los ojos sabiendo que su hija se transformara en adulta y hace apenas un año que nació.

 

Karla Barajas

(Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, México, 1982). Desde 2004 publica cuentos, minificciones e ilustraciones en periódicos de Chiapas, entre ellos Noticias Voz e Imagen, Entre Cuates ¡Jugar es Aprender!, así como en las antologías Cuéntame un blues (Editorial La Tinta del Silencio, 2013); Poesía desde la coyuntura: voces para caminar (Centro Libre de Experimentación Teatral y Artística, 2017); I Antología de Narrativa Chiapaneca (Editorial La Voz en Tinta, 2018); Cortocircuito. Fusiones en la minificción (Universidad Autónoma de Puebla, 2017); Memori en blanco, Textos del Primer Diplomado en Creación Literaria en Chiapas (Colección Biblioteca Chiapas. Serie Las alas del sueño, 2017); Resonancias (Universidad Autónoma de Puebla, 2018); Segunda Antología de Escritoras Mexicanas (Ediciones El nido de fénix, 2019); Brevísimo Antología. Selección de Microcuentos (Antologías Equinoxio, 2019); Lotería Canto de minificción (Tenerife, 2019); Antología del 1er Concurso Informal de Microcuentos “Esto solo podía pasar en verano” (Tenerife, 2019); A puerta cerrada. Antología de microficción de autor (Quarks Ediciones Digitales, 2020); En el camino. Nuevas voces de la minificción latinoamericana (Quarks Ediciones Digitales, 2020).

Publicó Valentina y su amigo pegacuandopuedes y La noche de los muertitos malvivientes (Editorial Imaginoteca, 2016), Neurosis de los bichos (Colección Minitauro, La Tinta del Silencio, 2017), Esta es mi naturaleza (Editorial Surdavoz, 2018) y Cuentos desde la Ceiba (Colección Bocanada, La Tinta del Silencio, 2019).


 

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