Vocalización de las aves
Diferentes cantos de aves, dulces, aterradores, de mal augurio, como el
del cuclillo rayado que lleva días anunciando mi muerte, o las lechuzas
revoloteando alrededor de mi ventana, grazna el pájaro fantasma y los nocturnos
responden a lo lejos mientras mis dedos se tuercen, puedo discernir entre
varios cantos e imaginar la fisonomía de cada especie. Ahora los entiendo,
descifro sus códigos.
Los zopilotes merodean para ver quién sale de
su casa, me produce escalofríos la idea de ser uno de ellos, un carroñero que
no encontrará cadáveres. “La oscuridad, tantas aves y pájaros terminarán por
devorarse a la humanidad”, decía Marita y no le creía porque estaba deslumbrado
viendo a los animales salvajes en las calles y no al cielo. Cada vez hay menos
personas viéndolos. Los sonidos humanos se redujeron al chillido del pecho
antes de morir por el severo daño pulmonar que sufrieron debido a que respiraron
materia fecal de los pájaros, que ahora atraviesa mi ventana y puertas.
Cada vez escucho con más fuerza el golpeteo de
las alas sobre el tejado, y oigo la fractura de mis huesos, mi chillido en el
pecho, ya no me sale la voz, mi sonido se mezcla con la vocalización de las
diferentes especies en la naturaleza. Tantos sonidos en armonía que solamente
cesan cuando los cadáveres se transforman en pájaros.
Cuando
Marita se fue reinó un silencio, ahora hay un mutismo en el ambiente, es mi
turno de morir, lo sé porque mis alas terminaron de crecer, y ahora solo me
queda la voz interna y el sonido de mis graznidos.
Cuarentena
Karla Barajas
Los famas ven cada mañana el noticiario donde informan la situación de
contagios por COVID-19, las acciones de seguridad ante la contingencia, escuchan
cautelosamente, copian la lista de recomendaciones y las siguen al pie de la
letra, se reúnen por videoconferencias, comunican sus observaciones, no se
toman de la mano pero bailan “Alegría de los famas” a la misma hora, viéndose a
través de la aplicación Zoom.
Los cronopios no vieron las noticias, encuentran
ofertas en los vuelos y se van de viaje a China e Italia, se sorprenden de que
los hoteles están vacíos, los taxis no quieren llevarlos, la gente utiliza
cubrebocas y toman distancia de ellos, no les quieren dar la mano y les indican
que deben volver a su posada. Finalmente, los han confinado a la habitación del
hotel porque la ciudad entera está en cuarentena, “La hermosa ciudad, la
hermosa ciudad”, dicen desde la habitación de su cuarto mientras graban con su
celular el edificio de enfrente, el cielo, y una calle vacía.
Las esperanzas, sedentarias, estatuas, no se
molestan.
Precios bajos
Karla Barajas
Un fama rico, con trabajadora doméstica, va tirando al cesto de basura
cubrebocas de tela que utiliza. Al primer estornudo los arroja, pide a la empleada
le ponga gel en las manos, trapee con cloro el suelo y meta la basura en una
bolsa roja. Está tentada a preguntar si es necesario tirarlos, pero recuerda
que los famas ricos son tiranos y en su lugar saca de la basura los cubrebocas,
los deja orearse y los vende a precios bajos en el mercado.
Ella no es fama, cronopio, ni esperanza… es
humana.
Pánico
Karla Barajas
En la casa no había provisiones básicas de comida, en las calles otros
hombres y algunas mujeres se dirigían a puntos de venta como supermercados. Pedro
se enteró del desabasto a causa de la cuarentena y como medida para evitar la
propagación del COVID-19, salió de su vivienda con varias morraletas, el dinero
de la quincena, los ahorros de su esposa y los de la alcancía de su hija.
No tuvo reparo en participar de los pleitos ocasionados
en las compras de pánico de cerveza y logró adquirir el suficiente alcohol para
pasar la Ley seca.
Escudo moral
Quería cobrar la infidelidad de mi marido con la misma moneda, pero observé
tan bien a quien elegí para la venganza; tenía dulzura en sus ojos, me hacía
reír. Me producía confianza,
respeto, erotismo y admiración.
Nunca seríamos iguales con ese Don Juan, porque no desprendo el cuerpo
del alma, y porque mi corazón todavía alojaba esperanza de algún día recoger
sus piezas y volver a latir rápido por alguien más, así que me brindé entera
por una noche a una persona, luego a otra y a otra, hasta que saldé las
cuentas. Entonces dejé al infiel con mi superioridad moral intacta.
Cuando ella despertó, el celoso se habían ido, pero las secuelas de
abuso que le provocó seguían ahí.
Entonces comenzó la cuarentena
Karla Barajas
La
ciudad parecía la escena de un crimen: espacios vacíos, acordonados alrededor.
Hasta los sillones de piel estaban cubiertos con cintas amarillas que dictaban
en letras negras y gruesas: ¡Precaución! La realidad distópica superó a las
películas de zombis, porque en ellas la gente temía a los seres carcomidos de
rostro azulado que contagiaban con tan solo rajar la carne con una uña o
enterrar sus dientes putrefactos en personas. Como los enemigos no se veían,
nadie temió, nadie respetó las cintas amarillas, o el lugar en donde se
sentaban los seres invisibles a esperar el cuerpo de incrédulos humanos que enfermaban
en silencio, desaparecían y nadie los volvía a ver.
Resilientes
Karla
Barajas
“¡Nieve,
nieve!”, gritaba un hombre en la calle. Deduje que el ambulante contraería
COVID 19, como lo hicieron don Amado y otros conocidos, qué en paz descansen.
El
grito del nevero no paró ni en el pico más alto de la pandemia, que, por cierto,
fue cuando más vendedores tocaron a mi puerta anunciando: tamales, quesillo,
pan y esquite, se lucieron interrumpiendo las presentaciones de libro o las
entrevistas en las cuales yo participaba, que, tampoco pararon e inclusive
llegaron a ser tantas que causaron fallas en el Internet, cuyo servicio tampoco
se detuvo y me ha permitido trabajar a distancia desde hace treinta años cuando
todo comenzó, mientras los vendedores en las calles se aglomeran.
Sobreprotección*
Karla
Barajas
Mi
madre me enseñó a imaginarme la vida desde otra parte, sin salir de la casa, en
un aislamiento social voluntario. Es como si me hubiera preparado para este
momento en que las personas permanecen en cuarentena para no contagiarse y se
quejan por no poder meter los pies al agua del mar, por no asistir a las
fiestas, o no salir de viaje. Y yo, cuya existencia ha sido la de un fantasma,
me compadezco de ellos.
VV.AA (2020). Casa de los espejos 36. Melisa Cosilión Cano,
Juan Carlos Gallegos, Josefa Salinas Domínguez, E Adair Z V, Compiladores,
Cleta-UNAM, Ediciones Ave Azul, Maya Cartonera, Minimanía. México.
Ergo sum
Karla Barajas
En un recuadro de la pantalla estaba Hernán sentado en
una silla de madera desde donde veía a la calle a través de la ventana. El
resto de la clase bebía café, interactuaba a través del chat. Hernán veía a la
ventana, yo, a Hernán en ese recuadro del zoom.
Con el tiempo las caras en los compartimientos
desaparecían, o se movían a otra sala, pero sus diálogos continuaban en el
chat. En cada clase, Hernán seguía viendo a la calle, nunca al chat en donde yo
lo saludaba. Nuevos rostros se unieron a las clases a través del zoom y un día
Hernán dejó de existir. Zoom ergo sum.
Quédate en casa
A María le dijeron: “Quédate en casa”, “Estás embarazada”, “Haz
cuarentena”, “Hay una pandemia”, “No salgas”, “No expongas a tus hijitos”. Pero
ella tenía que vender pan si quería comprar comida para su familia y otro
teléfono para pedir auxilio cuando la golpeara el marido alcohólico.
Este jueves, por primera vez, María cumplió la indicación de quedarse en
casa, no le dio tiempo de salir de la relación de abuso y su cuerpo yace bajo
el piso de tierra de su sala.
Karla Gabriela Barajas
Ramos (Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, México, 1982).Publicó Valentina y su amigo
pegacuandopuedes y La noche de los muertitos malvivientes (Editorial
Imaginoteca, 2016), así como Neurosis de los bichos (Colección Minitauro, La
Tinta del Silencio, 2017), Esta es mi naturaleza (Editorial Surdavoz, 2018),
Cuentos desde la Ceiba (Colección Bocanada, La Tinta del Silencio, 2019).
Los ojos del gato
Karla Barajas
Desde
que vi Los ojos del gato, película de Stephen King, desarrollé un
respeto a los felinos y un temor a los duendes. Imaginaba a uno apretando mi
nariz y aspirando mi espíritu y a mi gato gris atigrado salvándome. Cuando mi
hermana me dijo que su teoría era que el gato se comió al duende no para
proteger a la niña, lo hizo para robar su alma, abandoné a mi gato y lo adoptó
la vecina.
“Idiota”,
me expresó el gato, cuando el duende de la habitación comenzó a acosarme.
*
Yakún
me mira a los ojos sin desviar la mirada, se acurruca en mi pecho y ronronea.
Mientras estuve enferma me trajo regalos como: ratones insectos y serpientes.
Mi gato es tan independiente que cuando olvidaba darle de comer, él buscaba su
comida y la mía. Por eso le perdono que se devorara parte de mi cuerpo en descomposición,
mientras ve a mis ojos de ectoplasma.
*
La
vecina ha muerto a sus 74 años, Yakún retornó a mi habitación, durmió sobre mi
pecho, ronroneó. “Mi Yakún me perdonó”, pensé justo antes de que depositara el
alma de la anciana en mi cuerpo y succionara la mía.
Pánico
Karla Barajas
En
la casa no había provisiones básicas de comida, en las calles otros hombres y
algunas mujeres se dirigían a puntos de venta como supermercados. Pedro se
enteró del desabasto a causa de la pandemia, salió de su vivienda con varias
morraletas, el dinero de la quincena, los ahorros de su esposa y los de la
alcancía de su hija.
No reparó en participar de los pleitos ocasionados en
las compras de pánico de cerveza y logró adquirir el suficiente alcohol para
pasar la Ley seca.
Tensiones
Al principio de la
cuarentena por la pandemia del COVID-19, mi compañero, solamente estaba arriba
de mis piernas, acariciándome con su cara y cuerpo. No sé si sería el encierro,
pero causó estragos en su comportamiento, se volvió posesivo y agresivo. Una tarde
me rasguñó causándome una herida profunda porque no le di sus croquetas para
gato.” ¡Esclava aliméntame que es el Apocalipsis!”, dijo.
¡Habla!
ANIVERSARIO
Karla Barajas
(México)
Ella lo observa
sobre la cama, se sienta a su lado, lo acaricia, huele, juega con él.
Será la última vez que estén juntos se promete, porque es viejo y está
desgastado. Seis años juntos, tiene a otros, pero sigue brindándole placer.
Decide usarlo.
El baby doll hasta las caderas permite ver ese cuerpo atlético arropado por
hilos entretejidos sobre su piel. Ella acaricia las sombras, relieves y
rellenos de color naranja quemado alrededor de la aureola. La tensión muscular
más de un minuto, se hiperventila, disfruta, respira, jadea. El encaje le
ciñe el busto, los pezones se contraen, su ombligo es el centro de una flor de
loto. La satisfacción mental es tanta que antes de recurrir a sus manos para
acariciar los encajes sobre su vientre tiene palpitaciones en sus paredes y esa
excitación aumenta a cada caricia, a ratos disminuye y vuelve. Se estimula
siguiendo las líneas del encaje con el dedo índice, decide quedarse con él.
Cómo dejar el baby doll con el que descubrió ser fetichista y el placer de
la masturbación.
Letras Itinerantes: (24) MICROCUENTOS ERÓTICOS
https://letras-itinerantescolombia.blogspot.com/2019/03/24-microcuentos-eroticos.html
Mi hermana - Karla Barajas
La sangre escurría por sus mejillas, quijada,
cuello, ropa, en el suelo del baño. Daniela -de cinco años- sangraba,
temblaba sin llorar; a su lado, Paco sostenía un rastrillo azul en la mano
derecha, él estaba pálido.
—¿Por qué le cortaste la cara?- le pregunté sin
tener un orden de jerarquías en mis preocupaciones (¿me va a pegar mi mamá?,
¿se va a morir Daniela?, ¿será sicópata Francisco?).
Le puse alcohol en la cara, no lloró. Cubrí las
heridas con papel de baño y tela adhesiva. El sangrado se detuvo. Interrogué al
pequeño agresor quien dijo:
—¡Jugamos a rasurarle la barba!
Eso de tener a cargo dos hermanos es extenuante.
Hacerles la comida, ayudarles con la tarea, mandarlos a bañar, ir a sus juntas
escolares, estar pendiente que no se maten… Yo quería lo que toda adolescente:
¡dormir! Desde ese día, a las tareas anteriores sumé cuidarme el cuello al
hacer la siesta vespertina.
https://piedraynido.blogspot.com/2019/09/mi-hermana-karla-barajas.html
Por: Karla Barajas
I. Abuelo y papá
“Bonita la chamaca”, “Salió con su domingo siete”,
“Como el papá es tan buen papá le mantiene el chamaco, saber si no tendrá más
hijos”, “Qué bueno que la sacaron de la escuela y la mandaron a trabajar de
criada, así aprenderá”, decían en mi colonia. El cuerpo no aprende, ahí estaba
yo embarazada y explicándole a mi madre que el niño era de su esposo, mi padre,
sin que mamá me creyera una vez más.
II. La deuda
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-¡La muerte! –anunció el Gritón y señaló la carta
del juego de lotería de don Alfredo.
-Abuelito, tienes la carta ganarás la apuesta, di
lotería –informó Lorenzo, el nieto pequeño a su cargo.
Lorenzo dio un codazo al apostador. Don Alfredo
temblaba de frío, su nieto sudaba por el calor o los nervios, era mucho lo que
estaba en juego. Una vez más zangoloteó a Don Alfredo quien cayó sobre la mesa.
-Lotería -dijo la muerte a Lorenzo, el ahora
huerfanito.
III. Competencia
Los alumnos y maestros criticaban la falta de
espacios para publicar, el nepotismo dentro de las instituciones culturales y
la carencia de técnicas de quienes escribían cuentos; así que las autoridades
de la facultad lanzaron la primera convocatoria para publicar un libro de ese
género.
“El jurado estará conformado por escritores de
otros estados y los cuentos se firmarán con seudónimo para evitar cualquier
tipo de favoritismo”, decían las convocatorias pegadas en varias áreas de la
facultad y que los alumnos, hasta maestros, fueron despegando y tirando a la
basura.
“Faltó publicidad” dijeron cuando el premio se
declaró desierto.
IV. Asepsia
Lavaba con ácido el baño. Trapeaba con cloro la
casa, limpiaba las superficies con desinfectante. Al principio temía tanto a
los ácaros, los gérmenes y las bacterias que soportaba estoicamente la
irritación en las vías respiratorias, la inflamación en la garganta y la
dificultad para respirar que le provocaban los líquidos de limpieza.
Le decían que tenía el síndrome del ama de casa,
pero el enfermero no está casado, ni ama limpiar su hogar, sin embargo,
descubrió que el olor a cloro alejaba el hedor a enfermo y a muertos que sentía
en el hospital y que por alguna razón comenzó a oler en su casa. A veces el
olor era tan fuerte que hasta los fantasmas que lo seguían, se alejaban de su
vivienda.
https://issuu.com/plesiosaurio.peru/docs/plesiosaurio_10-3
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