El único propósito del Daruma era vigilar que el chico
con el hábito de retrasar actividades terminara su objetivo. Se pasó años acosando
al procrastinador con su único ojo, recordándole que debía estudiar. Cuando el ingrato
se graduó de la universidad, ni siquiera le ayudó a obtener el otro ojo.
—Te lo pinto más tarde —prometió el graduado, que pensaba en su año sabático y
dejó al Daruma tuerto.
Obediencia
ciega
El sensei regaló un muñeco Daruma a Zenitsu para
enseñarle perseverancia. “Cae siete veces, levántate ocho”, le dijo mientras
empujó con su dedo al objeto y éste, por su forma, se levantó una y otra vez. El movimiento llamó la atención de un gato.
El maestro entrenó
a su alumno al mismo tiempo que el felino enterró sus garras y destrozó al símbolo
de esfuerzo y perseverancia, que aun hecho trisas seguía levantándose.
“Zenitsu,
sé como el muñeco”, enseñó el sabio al alumno, que tenía en pedazos la
autoestima, las piernas y los brazos, pero que con las últimas fuerzas que le
quedaban se puso de pie.
Allá estarán mejor
Enseñé a mis hijos a esconderse bajo la cama si
escuchaban ruidos estridentes. Les gritaba: “¿Jugamos a las escondidas?” y se
metían rápido, calladitos.
En uno de esos días en que llovían balas, me quedé bajo
el mueble junto a ellos. Me dio una especie de parálisis temporal, me dolía el
estómago y me sentía mojada. Intentaba mover la cabeza, estaba inmóvil. Pensé
que hirieron a uno de ellos y que en su desesperación me empujaban. Los
oía llorar. El dolor era cada vez más intenso hasta que desapareció.
Cuando logré mover el cuello, me percaté que no eran mis
hijos los que estaban cerca, había mujeres a mi alrededor no tenían
costillas y entre todas capturaban almas. Busqué a mis
hijos mientras me retenían y los escuché a lo lejos, en el mundo de los vivos y
de las armas.
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