Corazón del cielo
Karla Barajas
—Alguna
vez los hombres y mujeres de madera poblaron la superficie de la tierra.
Tuvieron descendencia, pero los muñecos de palo no tenían alma ni
entendimiento, caminaban sin rumbo —nos
dijo el niño cuando lo encontramos en la arena. Estaba desnudo, lleno de
aserrín y con un trozo de cedro en la mano. Pretendía meterse al agua, en días
en que la marejada lo habría revolcado.
Tenía la mirada fija hacia las olas, en sus
ojos se reflejaba el sol y el cielo. Nos dijo que descendía de esos primeros
hombres; sin embargo, a diferencia de ellos, sí tenía entendimiento, un alma,
carne y agua de mar en lugar de sangre, solamente le faltaba un corazón y
encontrar su rumbo.
Su abuelo, quien era carpintero, murió de un
infarto mientras tallaba un barquito de madera. Le había prometido que después
le esculpiría un corazón con el cedro, pero no le alcanzó la vida. Pensamos que
mentía, él afirmaba que estaba huérfano y solo en el mundo. Nosotras queríamos
cuidar a un niño, así que nos lo quedamos.
A veces, le poníamos la película de
Pinocho y le decíamos, “Mira Geppetto es carpintero como tu abuelo y tuvo a un
hijo de madera”. Cada vez se comportaba más normal, salvo cuando comentaba que
su padre alguna vez fue de madera, pero se hizo humano.
—Por eso dentro de mi pecho no hay corazón, en su lugar tengo
un barco de madera que flota en un mar entre mis pulmones.
—Es muy lindo lo que
dices, pero no debes expresarlo cuando vayas a la escuela o con nuestra
familia. No es bueno decir mentiras o te crecerá la nariz como a Pinocho —le
contestábamos porque pensábamos que lo tacharían de loco.
Nos dábamos cuenta que nos contradecíamos. Lo
presentábamos como nuestro sobrino y ni siquiera sabíamos cuándo había nacido y
de quién era hijo. Lo hacíamos mentir a cada rato para que no nos lo quitaran.
Algunos días nos ignoraba, se iba a su cuarto y
agradecía al Corazón del Cielo por estar en nuestra casa. También lo hacía
después de comer y antes de dormir. O cuando se ponía a tallar su corazón de
cedro, todas las tardes.
Un día, sintió una marea dentro de él y dijo que
su barco se hundía. Lo llevamos al
hospital y le colocaron un parche en la espalda y otro en el esternón. El
desfibrilador restableció su ritmo cardíaco. No nos dejaron verlo y le hicieron
estudios. Quizás por eso abandonó el hospital. No lo encontramos ni ahí ni en
la casa. A la búsqueda se sumaron un montón de personas porque en sus estudios
encontraron que, en la gráfica del electrocardiograma, se dibujaban las olas de
un mar, en el ultrasonido vieron la turbulencia del agua y en la radiografía,
claramente, la imagen de un barco.
Nos permitieron quedarnos con una nota que dejó
junto con un corazón tallado en madera:
Cuando la tormenta golpeó mi barca, sentí paz. Agradecí al
Corazón del Cielo porque no morí. Pero éste me dijo que mi destino era navegar
por el mar. Ser un barco.
Madres, les dejó mi corazón, siempre les perteneció.
Encontramos a nuestro niño flotando en el mar, con cuerpo de madera y
una vela náutica saliéndole del pecho y apuntando al cielo. Quizás conocimos al
último hombre de madera sobre la tierra.
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