Sesgo de café
Karla Barajas Ramos
Sesgo de café
está compuesto por catorce obras, entre ellas se encuentran: “Instinto”, “Segurito”, “Vida”, “Corazón de
madera”, “Resiliencia”, “Persistencia”, “Tacita compartida”, “Sr. Conejo”, “Tuxtla”,
“Conejo soflamero”, “Conejito de barrio”, “La Semilla”, “Mi tierra”, y “Mi
casita”, están hechas en acuarela, algunas tienen detalles en tinta y lápiz de
color, en cuya búsqueda plástica se encuentra exaltar el alma de la cultura
popular tuxtleca: cuatro conejos de distintos colores y posturas representan a
nuestros orígenes, a Tuxtla, anteriormente Coyatoc, lugar, casa o tierra de
conejos.
Y Tuxtla es el motivo que sirve como atmósfera de esta selección de
cuadros en donde abunda el café, infusión que conectaba a Luz Vader con sus
padres cada madrugada y que enlaza a nuestras comunidades, que nos conecta
incluso con aquellos que se fueron y que vuelven en forma de colmoyotes.
Una taza con café sobre la que posa una mariposa negra es una
representación de las visitas que recibimos de quienes han muerto, la madre que
regresa y se posa sobre la taza en calma; en contraposición, en otro cuadro,
una triada de mariposas azules vuelan sobre la taza de café con tal vigor que
derraman el líquido. El personaje de la Señorita Cafetera, nos explica que es
una mariposa azul quien le cuenta de sus viajes, son tan potentes las
narraciones que sacuden la psique de nuestra pintora. Muerte y vida. Calma y movimiento.
Intimidad y comunidad.
En los retratos como en otras de las ilustraciones, encontramos a Tuxtla
representada a través de la flor de bugambilia, la flor de sospó, plantas como
el helecho. La personalidad de los personajes, así como de sus emociones se
muestran a través del color y de elementos materiales como pueden ser un seguro
o un barco de papel. Los rostros tienden a la seriedad o intentan mostrar
dureza.
En el cuadro donde la ilustradora plasma a Juan Betanzos, advertimos por
un lado la oscuridad en la parte superior izquierda del cuadro, mientras al
frente, el personaje florece y a su lado el agua fluye y es sostén de barcos de
papel. Así, como en toda la obra, hay un valor estético y una narrativa, en
este caso corresponde a la humanidad de un hombre y la de todos, con pasados
oscuros que cada día progresan, son a la vez manantial y soporte de algunas
barcas. El color en este cuadro es distinto al resto de las obras, los colores
aquí son pastel, pero está el negro como una mancha.
En el manejo del color identificamos los estados de ánimo, el azul
fuerte como vida, el marrón como muerte, el negro como oscuridad humana, el
rojo es la pasión con la que vive la pintora. Dicho lo anterior comparto
minificciones que fueron inspiradas en los cuadros.
“Morí hace tiempo cuando dejé de sentir”
Karla Barajas
Me faltaban
lápices para escribir historias y me sobraban corazones; para mi infortunio
nací con muchos, así que lloro a la menor injusticia, me enojo mucho pero no lo
digo para no hacer sentir mal a las personas, me enamoro con tanta fuerza que
mi razón se nubla, por las noches el miedo se apodera de uno de mis corazones y
temo no hacer nada bien.
Me fui quitando los órganos sobrantes a través de la
escritura. Eso sí, tenía que hacerlo con un ritual que consiste en desgarrarme,
abrirme el pecho, sacar un corazón, meterlo en un lápiz como si fuera tinta y
sellar la cicatriz. Así escribí y también dibujé en los márgenes de la ciudad.
Escribí textos breves con mi sangre y mi intensidad. Me brindó tanta paz que
cuando me quedaba un último corazón escribí mi epitafio, con solo siete
palabras. De todas maneras, había muerto hace tiempo, cuando dejé de sentir
empatía, amor, rabia y perdí el miedo.
Destellos de un recuerdo
Por Eliana Soza Martínez
La primera
vez que vi a Jonás me impresionaron sus ojos luminosos, su cabello negro haciendo
juego con sus bigotes y barba, y su sonrisa a medias que no pude descifrar. No
sé cómo adiviné que sería alguien importante en mi vida. Fue mi primer amor, lo
supe por ese nudo en mi garganta que se formaba después de cada beso. Pero lo
que en realidad me enamoró fue su alma de niño, porque su rostro brillaba
cuando veía un barco de papel en una fuente.
A veces me sentía como su mamá regañándolo por no
querer irse del parque o para que no comiera tantas golosinas. De pronto
imaginé mi vida entera siendo su figura materna y me asusté. Al día siguiente
terminé nuestra relación con una mentira que ya no recuerdo. Lo que sí es que
de vez en cuando sueño con él, contemplo de nuevo su rostro triste en medio de
flores de colores, como si fuera huérfano. Es cierto que al primer amor nunca
se olvida.
Ilustración: Srita. Cafetera.
Bebimos en la misma taza
Karla Barajas
I
Anoche vino
mi madre y compartimos café en una taza blanca. Cambió, es más pequeña, ahora
es callada, no me regaña. No me guarda resentimientos, ni yo a ella. Nunca nos
entendimos así que nos enojábamos por cualquier tontería. Ahora ella es otra,
la metamorfosis le sentó bien, no me grita, no me humilla, no está estresada
por el trabajo, ni me obliga a cuidar a mis hermanos; además, tiene tiempo para
volar y casi siento que puede verme sin juzgarme, porque en las superficies
dorsales de sus alas tono marrón parecería que lleva dos ojos con los que me
observa tiernamente, sin el rencor de siempre.
II
Me pareció
escuchar que mamá susurraba: “Sé fuerte en mi entierro, no te rompas cuando
abra mis alas de mariposa nocturna y me eleve hasta llegar al cielo”. Me surgió
la duda si se trataba del espíritu de mi mamá, o algún otro ente cafetero
atrapado en la funeraria. Intenté coger al insecto que se posaba sobre mi taza,
pero voló. “Con razón estaba tan tranquila, ¡claro!, se trataba de una
impostora”. De todas maneras, me robé el traste de la funeraria para recordar a
mamá.




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