Recuerdos sueltos
Karla Barajas
Para Dina Grijalva
I
Llegó el cartero con los libros de mi cronopia favorita, bailé tregua y
calala. Pensé que danzaríamos juntos para celebrar, pero él se agachó a llenar formularios
de entrega. ¡Él era un poco fama!
Como la entrega se dio una semana después de que la autora volvió a
Culiacán, no los pudo firmar. Para mí, fue el mejor día del mes.
II
“Veré a la escritora en la Fil de Guadalajara, la abrazaré, la
entrevistaré y bailaremos juntas. Seremos una marea de cronopias cantando por
la vida”.
Soñé ese encuentro durante varias noches y cuando llegué a la feria, la
marea había hecho un sunami que inundaba los pasillos y a lo lejos estaba la escritora
como una sirena que se pierde en el horizonte. Es decir, vi su melena rosa moverse
con el clima de una librería, pero a ella no la alcancé.
III
Me reuní con Dina en un café. Me regaló una entrevista. Cuando le hice
la primera pregunta, el claxon de un carro empezó a sonar y no dejó de hacerlo por
una hora. Ella no paró de hablar, yo de sonreír, porque soy afortunada, la localicé
en un mundo tan grande. Ella se fue de regreso a Culiacán, tenía la
incontenible necesidad de escribir y yo de soltar nuestros recuerdos en la
casa, para que fueran libres.
IV
Cada vez que encuentro esos recuerdos sueltos, los acaricio con suavidad
para que no se lastimen, mientras ellos pasan corriendo al lado de mis hijos,
entre alegres gritos, bailes y cantos. Solamente les digo: “No vayan a
lastimarse” y "cuidado con los escalones",
porque ahí se han muerto varios. Lloro inconsolable por los difuntos, hasta que
luego de horas, los vecinos me sacan de la desesperación, diciendo que pronto
nacerán nuevos recuerdos.
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