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No estudio por saber más, sino por ignorar menos
Karla Barajas
No fue la época en la que nací, quizás fue la gente con la que me relacioné y quienes veían los libros como un estorbo en casa, no como un peligro. Mi suegro decía: “Hay que tirar esos libros para que el mueble de la sala luzca” y yo corrí a esconderlos confinándolos a un closet donde enmohecieron y finalmente tuve que tirar mis ejemplares de: Loa al Santísimo Sacramento, Al que ingrato me deja busco amante, Envía una rosa a la virreina, Feliciano me adora y lo aborrezco, La gran comedia “La segunda Celestina”.
Quisiera tener el valor de Sor Juana, pero al final caí en la trampa de conservar una familia y respetar las necedades de mis consanguíneos para evitar problemas; seres iletrados e insensibles que, en mi búsqueda de conocimiento a través de la lectura, subían el volumen de la televisión para ver futbol por lo que, cediendo el pensamiento independiente y el derecho a pensar y expresarme, perdí oportunidades de estudiar en talleres de escritura y diplomados. Quisiera tener la fuerza y sabiduría de Sor Juana, que ya en 1691 defendía al pensamiento independiente de las mujeres, aunque también tuvo medidas represivas por parte de las autoridades eclesiásticas. La obligaron a vender sus libros y objetos y a renegar, en público y por escrito, de su sabiduría. En 1965, contrajo la peste que la llevaría a su muerte temprana, pero dejó una obra invaluable y un ejemplo que intento seguir mientras leyendo y escribiendo arrancó la ignorancia de mi enmohecido corazón.




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