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DECONSTRUCCIÓN
Al artista lo encontraron fornicando con la modelo sobre una lavadora. Él explicó a su esposa: ―Esto es una deconstrucción, una deformación del significado del electrodoméstico en la vida de las personas, correlaciona y contrapone a la máquina con nuestra humanidad. ¿Me entiendes, amor?
Una semana después, la obra entera del pintor emergente se remojaba en ese mismo artefacto, abandonado por la autora y ahora ex esposa, a las afueras del museo con el título Engaños entendidos.
COLMILLUDO
Se fue en busca de carne por la noche. Es cierto, cuando lo conocí me dijo que tenía un problema, una especie de psicosis; antropofagia. Busqué el significado y éste se relacionaba con el deseo de carne humana o el deseo sexual sin censura. Lo segundo no me produjo problemas, hasta pensé que podía sacar provecho del asunto. Lo primero mientras no fuera mi carne estaba bien. ¡Ah, pero el colmilludo! le metió una mordida a mi pierna y se fue a buscar lobas. Ahora que me convierta en una, ¡ya verá el desgraciado licántropo!
HOJAS DE OTOÑO
-Cuando mi vida llegue a otoño, quiero que la casa huela a hojas –dijo Sara. Olvidando completar su idea; “Cuando mi vida llegue a otoño, quiero que la casa huela a hojas de libro, que mi hogar esté lleno de libros”, ese era el pensamiento completo.
Sopló las cincuenta velitas del pastel. Su esposo le contestó: -Todavía estás en verano, faltan tantos años. Verás que la casa estará llena de hojas para ese momento.
A sus setenta años, Sara había olvidado el deseo, su nombre y el de su pareja, pero lo imitaba. Él recogía las hojas que caían en el otoño, los vecinos pensaban que tenía Síndrome de Diógenes porque las acumulaba en su casa. Aunque vestía impecable; olía a perfume de cedro, sándalo y caoba; era un sujeto amable a sus noventa años. A él le dio un infarto en invierno. Sara no sufrió su ausencia, lo olvidó. Siguió recogiendo hojas en la calle, la gente pensaba que tenía Alzheimer y no se equivocaron.
PORTADOR
Aprovechó el estado de ebriedad en que se encontraba la víctima, su carencia de ropa, insertó una parte de su delgado cuerpo en él, le dejó un dolor ligero, una mancha de sangre. Días después la prueba dio positivo, el hombre con los ojos hinchados portaba zika en la sangre.
EN EL MONTE
Claudia toma café con mezcal antes de salir al monte. Canta a su bebé acurrucado en el rebozo, mientras busca chapulines para vender. Los chapulines brincan libres entre las ramas, se esconden, como ella y Jacinto, el hombre de los ojos verdes con el que se amaba. Ella busca el cielo, los grillos, el monte, ese lugar para echar brincos con el Jacinto. Ella encuentra el cielo, los grillos y el monte, pero no al Jacinto. Él no regresa desde que a ella le creció la panza. Suspira y besa en la frente a su bebé quien despierta y la ve con sus enormes ojos verdes.
RECORDANDO MEJORES TIEMPOS
De niña me costaba cortar los vestidos de las muñecas Cuca, a veces los atravesaba en medio y no había manera de repararlos. Pero mi Cuca tenía más ropa, así que lo siguiente lo cortaba con cuidado. Pero ahora, si en este momento desgarro un vestido, me dicen groserías y amenazan con quitarme el sueldo o mi ración de comida, o no contratarme.
—Mira, si quieres andar como esas niñas andrajosas de la calle, sigue haciendo tonterías. Si quieres avanzar y costurar en las máquinas, primero debes cargar las cajas, cortar hilos y tela, y lo debes hacer bien. ¿Dónde conseguirás trabajo decente?, en ningún lado contratan niñas –me dicen los empleadores, a quienes agradezco me den trabajo. Afuera está peor.

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